La Palabra en la Eucaristía dominical: Fiesta del Bautismo de Jesús

Is 42,1-4.6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero. Sal 28,la.2.3ac-4.3b.9b-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hch 10,34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo. o bien: Is 40,1-5.9-11: Se revelará la Gloria del Señor, y la verán todos los hombres. Sal 103,1-2a.5-6.10.12.24.35c: Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Tt 2,11-14.3,4-7: Nos ha salvado con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo. Lc 3,15-16.21-22: Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo.
pastoral | 09 ene 2019 | José Antonio Ciordia, New Jersey

No deja de ser notable que sean los tres evangelistas sinópticos quienes nos ofrezcan el relato del bautismo de Jesús y que Juan lo recuerde en boca del Bautista. Es decir, todos los evangelios lo narran, de una manera u otra. Lo cual revela la importancia de que gozó este momento en la tradición en torno a Jesús. Si la tuvo en la tradición evangélica, no hemos de dudar un momento de que ha de tenerla actualmente; de ahí, litúrgicamente, esta fiesta, como corona y colofón de las fiestas navideñas e inicio del tiempo que llamamos “ordinario”: la manifestación- epifanía de Jesús al comienzo de su vida pública.

Esta epifanía-manifestación del ser y obrar de Jesús viene a ser también una solemne proclamación de la realidad de su persona. Y esa realidad, como tal, se nos presenta encuadrada en la íntima y profunda realidad divina; en concreto, en las relaciones trinitarias: oímos la voz del Padre, referida al Hijo, y se nos describe, casi físicamente, la intervención del Espíritu. La Santísima Trinidad en acción, por decirlo así. Nuestra religión, no lo olvidemos, tiene como principio y fin y ámbito en el que se mueve y realiza, la vida trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿No es esa la marca y vitalidad que recibimos en el bautismo, pertenencia al Padre en Cristo Jesús por la fuerza del Espíritu? Nuestra constitución religiosa, y humana, por tanto, es esencialmente trinitaria en Cristo Jesús. O nos comprendemos así, o no nos comprendemos debidamente. Lo mismo podemos decir de Jesús: o lo comprendemos en su auténtica relación con el Padre y con el Espíritu, o no lo comprendemos suficientemente.

Jesús, por tanto, en su condición humana sigue siendo auténtico y natural Hijo de Dios. Y como Hijo de Dios, su Predilecto. El texto que lo proclama nos abre la perspectiva de su mesianismo: podemos vislumbrar al fondo, la presencia del Salmo 2: “Tu eres mi Hijo, hoy te he engendrado yo”; y el comienzo del primer cántico del “siervo”, según Is 42, 1: “Mirad a mi siervo, a mi elegido, a quien sostengo, mi predilecto …” A partir de ello uno puede delinear la figura de Jesús como “hijo” y como “siervo”. Esta realidad en Jesús, en ninguna manera contradictoria en sí, nos abre la puerta a su misterio, como Dios y como hombre, con una misión que cumplir. La personalidad, el “yo” de Jesús, tan enfático y solemne en el evangelio de San Juan, lo acerca a Dios – el “Yo Yahvé” del A. Testamento -, y tan sumiso y obediente al Padre en el cumplimiento de su misión, “siervo”. “El Hijo del hombre tiene que …”

Con todo, nuestra consideración no ha de parar ahí, pues nuestro bautismo, en su “nombre”, en su “poder”, nos hace partícipes de su densa realidad: somos hijos y somos siervos. Hijos por el Espíritu, por el que clamamos “Abba, Padre” y siervos, que obedientes al Padre, hemos de continuar la obra de Jesús, movidos por el mismo Espíritu: su cruz nos conducirá a participar de su resurrección. Festejar a Jesús en este día implica festejarnos a nosotros mismo en él. Quizás por haber recibido tan de infantes el sacramento del bautismo, no hemos sabido a preciar su magnitud, su grandeza y su valor de vinculación a Dios en Cristo. Hemos de volver a recordarlo, a comprenderlo y a vivirlo en plenitud. Es tu definición, hermano: ¡Eres un bautizado en Cristo Jesús!

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