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Filipinas 400. Albañiles en la Iglesia de Dios (segunda parte)
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No pocos misioneros recién llegados a Filipinas gastaron buena parte de sus fuerzas en la costrucción de iglesias.
Lo que cuesta una iglesia

Acostumbrados como estamos a ver los edificios en nuestros pueblos, quizá no nos damos cuenta de lo que costó levantarlos. No estará de más, por ello, que hagamos una somera descripción de cómo se construían y las dificultades que encontraban. Así, los valoraremos justamente.

De entrada, puede parecer exagerada la afirmación de Marín y Morales de que “tal vez no haya un solo edificio de esta clase en el país que no haya inutilizado a uno o varios religiosos… Sería elocuentísima una estadística de los religiosos sucumbidos en la flor de sus años a consecuencia de obras de esta índole”.(6) A falta de esa estadística, servirá como ilustración el ejemplo de monseñor Juan Ruiz de San Agustín (1728-1796), elegido obispo de Vigan en 1780.

“Por su continua asistencia en la obra, se llenó de humedades y de los hálitos malignos de la cal, por lo cual se vio precisado a retirarse a buscar su salud en Manila. Y, no habiéndola podido recobrar ni en dicha capital ni en la Laguna ni en provincia alguna próxima a Manila, al cabo de catorce meses volvióse a su obispado, en donde se le agravaron más y más sus accidentes, hasta finalizar su vida el día 2 de Mayo de 1796”. (7)
Para hacer una iglesia, o cualquier otro edificio, lo primero era tener un modelo, que se sacaba de alguna lámina o libro; o de lo que el misionero tenía visto anteriormente. A partir de ello, el religioso hacia un boceto, y pasaba a la fase de mentalización. Se trataba de animar al pueblo y, para ello, exponía su proyecto a la principalía y, desde el púlpito, trataba de mover a la gente. A continuación, se hacían los repartos: a cada cabeza de barangay se le asignaba un número de carros de piedra, arena o materiales que le correspondía.


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Todo el pueblo se ponía en movimiento para la construcción de la iglesia.
Bayanihan
A partir de este momento, se ponía en movimiento todo el pueblo, incluidas las mujeres y los niños. En la construcción de la iglesia de Zamboanguita (Negros) esto se nota expresamente: “…todos los habitantes hábiles del pueblo toman parte en su construcción. Estos trabajadores hábiles son colocados en dos filas, una que va del río Bangcolotan al sur, y la otra que va del río Guinsuan al norte, hasta el lugar mismo donde se quiere levantar la Iglesia. Las piedras pasan de mano en mano hasta llegar a su destino, y de este modo se evita la pérdida de tiempo en el acarreo. Las mujeres también tienen que contribuir con su trabajo, limando las piedras o haciendo la comida diaria de los que trabajan”.(8) Pueden ser cientos de personas. Para poner los cimientos del templo de Pilar / Sierra Bullones (Bohol), a finales de 1889, el beato José Rada supervisaba el trabajo de 249 obreros.

Materiales
¿Qué materiales se juntaban para la construcción? Si hablamos de iglesias sólidas, de obra, son básicamente tres: la piedra, el ladrillo y la madera, además de la cal, que se empleaba como cemento, y que había que fabricar en unos hornos alimentados con leña.

La piedra podía ser tallada o informe. En este segundo caso, la obra se llamaba de “mampostería” o de “cal y canto”. La piedra sillar o tallada había que trabajarla, y solía extraerse del mar, de los arrecifes de coral que rodeaban las islas. Se aprovechaba la marea baja, ayudándose de diques temporales de contención, mientras cortaban bloques de coral que tallaban a conveniencia. Es lo que se conocía como tablilya o "piedra de Visayas".

El principal problema era, con frecuencia, la distancia. Para construir el campanario de Balilihan (Bohol) tuvieron que acarrear las tablillas desde Baclayón, a unos 16 km; la arena, de un río que estaba a más de 5 km.; y la cal venía de un lugar situado a 20 km. de distancia. Y, en el caso de Catmon, la distancia era de 11 kms.

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La construcción de una iglesia influía en el caminar de todo un pueblo: religiosos, taladores, canteros, agricultores, adultos y jóvenes. Los frailes llegaron a redactar auténticos manuales de construcción.

El ladrillo no tenía ese problema; se cocía en el lugar donde se iba a usar. Sólo hacia falta una buena arcilla, el horno adecuado y saber hacer la cocción. Pero no debía de ser tan fácil. Para tan gran cantidad, hacía falta una auténtica fábrica, y sólo sabemos de dos recoletos que montaran fábrica de ladrillos: Manuel Bosquete en Alaminos, alrededor de 1840, y Mariano Lasa en Isabela, a partir de 1887. En ambos casos se hace notar la buena calidad de los ladrillos. Todavía un siglo más tarde, alrededor de 1990, el padre Antonio Palacios tuvo que instalar también su propia fábrica de ladrillos para construir el monasterio de San Ezequiel, de agustinas recoletas contemplativas, en Bacólod.

Otro capítulo importante era el de las maderas. No sólo era fundamental en el ornato y confort de iglesias y conventos, como lo demuestra el entarimados de Valencia y Lazi, por ejemplo. También lo era para montar el armazón de los edificios. Obsérvense, si no, las enormes vigas que dan solidez al antiguo convento de Guindulman, en Bohol.

Esa era, justamente, una de las faenas principales en la construcción: la tala y el transporte de las maderas precisas. Difícilmente nos hacemos idea de lo que ello suponía: troncos enormes de madera dura y pesada (molave, ípil, caoba, tuga etc.), que había que cortar y arrastrar durante kilómetros, sin otra herramienta que el hacha y el bolo y, como única fuerza motriz, el paciente carabao.
"Cuando el ingeniero de montes Sr. Baranda vio los pies derechos que un cierto cura mandó llevar para la iglesia del pueblo de Camiling (Tarlac) y se enteró de cómo habían sido cortados en las cumbres de elevadas montañas, a 20 kilómetros del pueblo, no quería creer lo que veía. Porque, sobre ser todos ellos de 20 y más metros de largo y 0,75 de grueso, son de una madera pesadísima. Y era para causar admiración, en efecto. Más de 150 carabaos hubo que dedicar al arrastre de cada uno de los trozos. Cuando, en algún barranco, se les atascaba uno de ellos, corría al pueblo el Cabeza que lo había cortado, pedía la música al padre y, entre gritos y trompetazos, se animaba al ganado y salía avante aquella colosal mole. Al entrar en el pueblo uno de estos gigantescos maderos, era de necesidad salir a recibirlo con música. Con esto solo, daban por bien empleados los trabajos ímprobos que habían sufrido en dos o tres semanas de vivir en el bosque".(9)
Porque esos eran los primitivos medios de transporte de que se disponía. Hacia 1890, era algo nunca visto en Bohol el "invento" del padre José Lasala: para hacer el cementerio y concluir la iglesia de García Hernández, se sirvió de algunos raíles de ferrocarril.

La financiación
Ya tenían los materiales. Antes de ponerse a construir, y una vez elegido el lugar, había que preparar el terreno. Las tareas de tala y desbroce eran a veces trabajosas. Y, con frecuencia, se añadía la de desmonte. Por ejemplo, a la hora de ampliar la iglesia existente en Dauin (Negros), el padre Manuel Cabriada tuvo que extraer una grandísima porción de tierra para nivelar el terreno.

La construcción propiamente tal la hacían ya los profesionales, albañiles o carpinteros, si los había y había fondos con que pagarlos. Para ello, hacía falta dinero. A veces, el religioso encontraba quien lo financiara. Es lo que ocurrió en Negros, en los tiempos de su bonanza económica. Las actuales catedrales de Kabankalán y de San Carlos no habrían podido hacerse sin las aportaciones cuantiosas de los hacenderos de la zona. Pero era el cura el encargado de pedir y de insistir. Para construir la iglesia de La Castellana, el padre Juan Lavaca “recorrió personalmente el pueblo, los barrios y haciendas. Fue de puerta en puerta aun de los vecinos más apartados de las prácticas religiosas, en ocasiones soportando con resignación cristiana humillaciones y negativas”. (10)

Pero no siempre fue así. Al contrario, los ministerios recoletos tenían, por lo general, pocos ingresos. El religioso sí tenía una mínima paga del Gobierno, que, con la pertinente licencia de sus superiores, invertía en la obra con frecuencia. Así lo hizo, en la década de 1830, el padre Nicolás Becerra en la actual catedral de Imus, o Manuel Arellano en Compostela (Cebú), entre 1887 y 1897. Pero, en conjunto, las iglesias son una obra colectiva. Sólo la perseverancia de los frailes, secundados por la colaboración generosa de los feligreses, explica la construcción de muchas iglesias. Sólo así se entiende que la espléndida iglesia de Loón se empezara con 1.550 pesos de caja, nada más, y que el constructor dejara “en aquella iglesia más fondos parroquiales al terminar la obra que los que tenía al comenzarla”.(11)

La construcción
Normalmente, se echaba mano, si lo había, de algún albañil o carpintero de la zona. Si no había artesanos y la parroquia podía permitírselo, los traía de fuera. Caso especial es el del fuerte de Cuyo: no había en todo Calamianes canteros ni albañiles, y tuvieron que traerlos, bien pagados, nada menos que desde Manila(12). Normalmente, el fraile se las arreglaba combinando ingenio y osadía. La iglesia de Catmon (Cebú) tenía que ser de piedra, pero por allí no había canteros ni carpinteros. El padre Juan Juseu “escogió los [nativos] que le parecieron más despejados, y en poco tiempo tuvo cuatro canteros que enseñaron el oficio a otros. Señaló premios de cuatro y ocho pesos a los que ejecutaban algún pequeño trabajo  por ejemplo, el remate de una ventana  y, estimulados los indios, todo el pueblo participó del entusiasmo de su párroco”.(13)

Y, desde luego, si los templos se han podido levantar no ha sido porque los religiosos fueran unos comodones. Antes, al contrario, son un testimonio de su laboriosidad. Basten, como muestra, dos ejemplos. El padre Francisco Gotor fue párroco de Liloan (Cebú) durante 20 años, de 1847 a 1866. En su tiempo se construyó la iglesia, y “es fama entre los liloanos y también entre los padres que fueron sus contemporáneos que el P.Gotor no se contentaba con dirigir y disponer la obra, sino que, dando ejemplo a sus feligreses, lo mismo empuñaba el hacha para cortar maderas, que la barra para extraer piedras; hasta tal punto llegó su entusiasmo, que pudo con justicia gloriarse de que no hay un sillar en la obra de su iglesia que no pasase por sus manos”.(14) Esto mismo, exactamente, decía en tiempos más recientes el padre Paulino Jiménez de la iglesia de mampostería de Valencia (Negros).

Toda esta experiencia acumulada, los misioneros la van recogiendo, para enseñanza de las generaciones siguientes, en manuales u hojas volantes. En el pasado, encontramos impresos un Modo de hacer ladrillos, o un Modo de soldar hiesso, o Modo de teñir madera. Y manuscrito se guarda en los archivos recoletos un Método práctico de hacer los Cementerios y de construir las Iglesias y Conventos económicamente, que en 1933 redactaba en Mindoro el padre Javier Sesma.
Notas
(6) Marín 2, V-VI.
(7) Sádaba 268-9.
(8) Licinio 2, 147-150.
(9) Marín  I 384-385.
(10) Marín  II 211.
(11) Marín  II 242. Cf. Licinio 719.
(12) Cf. Marín  II 242.
(13) Licinio 1, 634-635.
(14) Licinio 1, 644.