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Formación permanente: en camino para afrontar sin miedo los retos de hoy
Junio 2006
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“La sociedad, cada vez más compleja y plural, genera una creciente demanda de respuestas que hemos de saber ofrecer”.
La prioridad, la formación permanente Necesitamos de la formación permanente no sólo para afrontar con perspectivas de éxito la reestructuración de nuestros ministerios y responder mejor a las crecientes demandas de una sociedad cada día más compleja y plural, sino también para organizar nuestra convivencia y proteger nuestra identidad en medio de tareas a menudo dispersivas. Cada comunidad y cada uno de los miembros de la Provincia ha de intensificar su formación en un constante y permanente ejercicio de superación. En estos últimos tiempos, la Iglesia no se cansa de repetir que esta “formación permanente” es exigencia intrínseca de la consagración religiosa (9) y condición irrenunciable de toda auténtica renovación (10).

«De la necesidad de la formación permanente nos hablan la lógica de la Encarnación, la tensión hacia un futuro mejor que impregna la Escritura y la misma estructura del ser humano»
Quizás este lenguaje pueda sonar a nuevo, sin arraigo en la tradición de la Iglesia. Pero la lógica de la Encarnación, la tensión hacia un futuro mejor que impregna la Escritura, los cielos nuevos y la tierra nueva del Apocalipsis (21, 1), y la misma estructura del ser humano nos está diciendo lo contrario.

El ejemplo de Agustín y de los primeros recoletos
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San Agustín entrega la Regla a sus hermanos.

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“La vida del agustino tiene que estar en continuo movimiento, en búsqueda incesante, como una flecha que no descansa hasta no alcanzar el blanco, Dios”.
Para nosotros, agustinos, es un elemento de nuestro código genético. Apenas abrimos la Regla de nuestro padre Agustín, nos topamos con unas palabras llenas de dinamismo: “Primum propter quod in unum estis congregati, ut unanimes habitetis in domo et sit vobis anima una et cor unum in Deum” (Lo primero por lo que os habéis congregado en comunidad es para que habitéis unánimes en la casa y tengáis una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios).

Las palabras “in Deum” (hacia Dios) envuelven nuestra Regla en un dinamismo que no tolera el conformismo, la rutina y la mediocridad. Nos dicen que la vida del agustino tiene que estar en continuo movimiento, en búsqueda incesante, como una flecha disparada hacia Dios y que no descansa hasta no alcanzar el blanco.

Agustín estimula a sus discípulos a asumir una actitud de búsqueda incesante:
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San Agustín, de María Teresa Castaño MAR. Taiwán 2005.
“Busquemos a Dios con su ayuda. Busquemos a quien hay que hallar; busquémosle una vez hallado. Para que se le halle buscándole, está oculto; para que, una vez hallado, se le busque, es inmenso. […] Aprended continuamente, pues nunca conseguiréis llegar a la verdad. […] Hay que buscar siempre; ni por asomo se os ocurra que hay que dejar de buscar” (11).

“Nunca te complazcas en lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres; porque en el momento en que te complazcas, ahí te estancarás. […] Quien no avanza, está parado; quien vuelve al lugar de donde había partido, retrocede” (12).

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Portada de la edición de la Forma de Vivir de 1589.
La insatisfacción con lo que se es y se posee y la aspiración a lo que todavía no se es ni se posee mueven la historia humana y están detrás de toda historia de excelencia en la vida de la Iglesia. Desde luego dirigió la vida de Agustín, que se mantuvo siempre fiel a la sentencia que él mismo estampó en el opúsculo La verdadera religión (13): “Nadie está bien, si puede ser mejor”, y también la de nuestros primeros recoletos. Éstos fueron gente radical e insatisfecha, “más amantes de la perfección monástica”. Nada menos que cuatro veces se repite la palabra “perfección” en el prólogo de la Forma de vivir. Y en esa misma palabra concentra sus ansias el acta quinta del capítulo de Toledo, recordada en nuestras actuales Constituciones (14).

Es lógico que también nosotros nos la apliquemos en un momento en que la Iglesia y la Provincia nos instan a embocar con entusiasmo el camino de la formación permanente con el fin de potenciar nuestra identidad carismática y mejorar la calidad de nuestro servicio apostólico. Con eso cumpliríamos los dos requisitos fundamentales de esta formación, que no son otros que la apertura a la acción del Espíritu para que Él nos lleve a la “progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo”, en que consiste la auténtica formación (15), y el esfuerzo humano, ya individual ya comunitario. El Capítulo nos anima a un empleo generoso de tantos y tantos medios como la Orden pone a nuestra disposición.

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San Ezequiel Moreno. Boceto para escultura de Diana García Roy (2006).
San Ezequiel, un ejemplo de formación permanente
Consciente de la sabiduría del viejo proverbio latino verba movent, exempla trahunt (las palabras conmueven, los ejemplos arrastran), el Capítulo cree conveniente poner ante nuestros ojos el ejemplo de san Ezequiel Moreno, de cuya muerte estamos celebrando el primer centenario (1906-2006).
San Ezequiel es, sin duda, uno los religiosos que mejor han encarnado la espiritualidad recoleta, el único fraile canonizado y al que la Orden entera, con absoluta unanimidad, ha aclamado como santo desde el mismo día de su muerte. En la historia de la Recolección no hay caso igual. La fama de santidad —que ya le acompañaba en vida— aumentó con su muerte tanto dentro como fuera de la Orden (16).

«San Ezequiel es el único fraile al que la Orden entera ha aclamado como santo desde el mismo día de su muerte»
No nos cuesta ver en su vida un fiel reflejo de los rasgos esenciales de nuestro carisma, es decir, el espíritu contemplativo, la fraternidad y el celo apostólico. Todos sabemos del tiempo e intensidad de su vida de oración; de sus esfuerzos por restablecer la vida común en una época de espiritualidad individualista; de su amor a las tradiciones de la Orden, del cariño con que seguía las obras de sus frailes o de su angustia ante las desgracias que se abatieron sobre la Provincia a fines del siglo xix y de su interés por remediarlas. Conocemos también su celo apostólico, sus correrías misionales, su amor a los enfermos, su asiduidad en el confesionario y en el púlpito, así como su fidelidad a la Iglesia, maestra de la verdad, fuente de la vida sobrenatural y factor de progreso y bienestar social.

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San Ezequiel Moreno, sembrador de la Palabra. Escultura de Alfonso Cabrera. Parroquia de la Virgen de Czestochowa, Naucalpan de Juárez (Estado de México, México).
Quizá nos cueste algo más verle como modelo de formación permanente. Sin embargo, es ése uno de los rasgos más visibles de su vida, uno de los que con más claridad salta a la vista al estudiar su vida y sus escritos. Su formación inicial fue, como la de tantos religiosos de la época, apenas la requerida para ejercer dignamente el ministerio en las misiones de Filipinas. Sin embargo, en su madurez estaba capacitado para estudiar y ofrecer respuestas que, si bien no todos aceptaban, nadie se atrevió a tildar de superficiales o infundadas.

Dos clases de medios explican esa evolución: la oración y el estudio.
La oración prolongada y sentida abrió de par en par las puertas de su alma a la acción del Espíritu, que terminó por henchirla totalmente, despojándola de todo egoísmo y vanagloria. La oración le convirtió en materia dúctil que el Señor modeló a su gusto, haciendo de él un instrumento en sus manos. En 1904 agradece a una corresponsal que haya pedido al Señor que le haga santo, sin acordarse para nada de pedirle salud, riquezas u honores.
“Muchísimo […] le agradezco las oraciones que me dice hace por mí al Dulcísimo Jesús para que, como dice, me haga santo. Esto es lo único que necesito y lo que suplico siga pidiendo para mí. Nada más apetezco, ni puedo apetecer, que ser santo, pues, si sirvo y amo a nuestro Jesús, todo lo tengo y cumplo con el altísimo fin para que Dios me ha criado” (17).

«La formación permanente es uno de los rasgos más visibles de su vida, sobre todo mediante la oración y el estudio»
El otro medio lo adquirió en largas horas dedicadas a la lectura y al estudio de la teología, de los documentos pontificios y de los tratadistas religiosos de la época. Junto a las encíclicas y discursos de los papas abundan en sus escritos las referencias a teólogos del momento, y, sobre todo, a escritores espirituales, canonistas y comentaristas de prestigio. También reservaba tiempo para la lectura del periódico y de las revistas religiosas, lo cual le mantenía al tanto de las necesidades de la Orden y de la Iglesia así como de la situación política de los países en que le tocó trabajar y le permitía prever con suficiente antelación las cuestiones que ésta podría plantear a la Iglesia.
Para saber más
Pincha aquí para conocer lo publicado en torno al I Centenario de la Muerte de San Ezequiel Moreno.

Notas
(9) Cf. VC 68.
(10) Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción Potissimum Institutioni (1990), 1; Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae Caritatis sobre la conveniente renovación de la vida religiosa, Roma 1965, 18.
(11) San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan 63,1.
(12) San Agustín, Sermón 169,9.
(13) San Agustín, La verdadera religión 41, 78.
(14) Constituciones de la Orden de Agustinos Recoletos (1987), 6.
(15) VC 65.
(16) Cf. Carta circular del Prior general con motivo del Año Misionero de la Orden
(17) San Ezequiel Moreno, Carta 1371.