Una concordia desconcertante
En noviembre de 1904 llega a Bogotá un nuevo delegado apostólico con la misión de facilitar al presidente de Colombia sus esfuerzos en favor de la paz. Al menos así se presenta la pretendida “concordia”, un intento de llegar a un consenso. Monseñor Ragonesi, a las tres semanas de su llegada, envía al obispo de Pasto unas instrucciones precisas. Según ellas, debe abstenerse de toda intervención en temas de política y, atendiendo a los deseos del Papa, debe apoyar con todos sus medios, con los demás obispos, al presidente Reyes.
Así las cosas, un telegrama ambiguo de Roma produce gran confusión en los medios católicos, pues con él pretenden justificar los liberales la nueva etapa de entreguismo a sus postulados. Varios obispos lo advierten y lo lamentan. El padre Ezequiel envía un telegrama al presidente de la república, precisando el sentido de la palabra concordia y asegurándole que en modo alguno el Papa se reconciliaba con el liberalismo moderno.
El dicho telegrama cayó en Bogotá como una bomba. El gobierno envió un diplomático a Roma para que obtuviera la deposición del obispo. Monseñor Ragonesi lo llamó y le obligó a escribir una explicación pública del telegrama. Así lo hizo humilde y pacientemente, aunque sin contrariar su propia conciencia. En todas estas luchas contó siempre con el apoyo de varios obispos, y sobre todo con la adhesión entusiasta de su clero y de sus feligreses diocesanos. En conjunto puede decirse que recibió aún más alabanzas que insultos.
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