Un pacifismo claudicante
Ya desde fines de 1899 pudo verse que la guerra civil iba a encenderse en Colombia. Tropas ecuatorianas entraban en el sur de Colombia y el gobierno del Ecuador prestaba su ayuda a las fuerzas colombianas rebeldes impulsadas por el espíritu liberal y antirreligioso. Por ello el obispo de Pasto publicó sobre el tema varias cartas y circulares, con el fin de que «se piense a lo católico respecto de la guerra actual».
En la victoria del ejército colombiano sobre los liberales rebeldes y sobre los ecuatorianos cómplices tuvo buena parte el obispo de Pasto, con sus ardientes escritos, en los que expuso la doctrina de la Iglesia acerca del liberalismo y las condiciones de la guerra justa. Los liberales ecuatorianos y colombianos sentían la apremiante necesidad de silenciarlo y apartarlo como fuese.
La Santa Sede inició conversaciones con el Gobierno ecuatoriano. Para no dificultarlas, se transmitió al padre Ezequiel: «quiere Su Santidad que usted se abstenga de toda publicación u otros actos cualquiera». De nuevo una lucha de conciencia.
—¿Qué hago yo de obispo de Pasto? Si tuviera dinero, iría de nuevo a Europa, a ver si me admiten la renuncia, o me rehabilitan de algún modo, porque aquí ¿qué provecho podré hacer? Los pueblos no saben más que esas cosas que se dicen del obispo y que el papa lo ha hecho callar, porque los liberales se han quejado de él.
En setiembre el delegado apostólico le hacía llegar una nota en la que le expresaba la satisfacción del Papa por su obediencia, le reiteraba la orden de seguir callado y le apremiaba a que silenciase «la campaña que el clero de Pasto ha emprendido contra el Gobierno del Ecuador». Por su parte, el Gobierno ecuatoriano, en 1903, envió a Bogotá a su vicepresidente para que gestionara la deposición del obispo de Pasto.
Los liberales colombianos, que habiendo perdido en la guerra estaban a punto de ganar en la paz, comprendieron en seguida que la concordia por ellos propugnada no era posible sin el previo aplastamiento del obispo de Pasto. Era necesario acabar de una vez con aquellas cartas pastorales y circulares que suscitaban el entusiasmo de los católicos, y eran publicadas y reimpresas aquí y allá, con el apoyo de un buen número de obispos.
La prensa liberal, dada la urgencia del caso, se aprestó con toda solicitud al linchamiento de fray Ezequiel. El obispo Moreno era un fraile ignorante, incapaz de comprender las libertades modernas, y que para «firmar los mil disparates que publica en sus cartillas pastorales necesita de mano extraña». El pobre obispo de Pasto pertenece «a esa cáfila de frailes importados de España y rechazados hoy de allá y de todas las naciones civilizadas».
Por esas fechas, en conspiraciones de Bogotá, se intrigó cuanto se pudo para conseguir la deposición del obispo de Pasto, llegando a formarse una terna de candidatos a la sustitución. De Tulcán llegaban amenazas más claras:
—Si no retiran de Pasto al fraile Moreno, ya sabremos nosotros cómo retirarlo.
La eliminación física del padre Ezequiel era una posibilidad que sus enemigos no descartaban. El padre Julián Moreno vio en una ocasión, al abrir la puerta de la habitación del obispo, al padre Ezequiel y a un frustrado asesino que, arrodillado y todavía con el cuchillo en la mano, le pedía perdón.
> Una concordia desconcertante
|