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Dibujo de René Paglinawan, OAR.
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Conflicto del Colegio de Tulcán
Junto a la frontera, en Tulcán (Ecuador), regía un colegio Rosendo Mora, educador irreligioso. Casi todos sus alumnos provenían de la diócesis de Pasto y ya el obispo anterior había prohibido a sus feligreses, bajo graves censuras eclesiásticas, llevar a sus hijos a tal colegio. Monseñor Moreno se vio obligado en conciencia a renovar la prohibición dada por su antecesor. Pero Federico González Suárez, obispo de Ibarra, diócesis a la que pertenecía Tulcán, puso el grito en el cielo acusando en la prensa al padre Ezequiel de invadir su jurisdicción y llevó hasta Roma sus quejas. El padre Ezequiel prefirió callar y no dar pábulo a la alegría de los liberales al ver enfrentados a dos obispos. Se limitó a informar a la Santa Sede. Llega en abril de 1898 la sentencia: «que el obispo de Pasto desista de su actitud belicosa contra el colegio de Tulcán». El obispo de Pasto, cuando tuvo conocimiento de la sentencia, la aplicó inmediatamente. Los liberales cantaron triunfo y se burlaron de los católicos: aquella aprobación vaticana del colegio de Tulcán, decían, era una aprobación práctica del liberalismo. El clero de Pasto elevó a León XIII una exposición del asunto, haciendo ver que «estos enemigos declarados del magisterio infalible del Romano Pontífice, hoy lo invocan irónicamente para hacer creer a los pueblos que el Papa infalible acaba de autorizar las tantas veces condenadas doctrinas liberales».
No quería crear ningún problema. Y como le correspondía realizar la visita ad limina a Roma, aprovecharía para renunciar a su sede. Ya en Roma, el 6 de setiembre presentó en la Santa Sede el documento de su renuncia. Tras una larga investigación, recibe la sentencia, en que se reconocía su “perfectísimo derecho de mantener la prohibición”. Su regreso a Pasto fue con arcos de triunfo y cantos, banderas y discursos, a los que tuvo que contestar con una carta pastoral:
—No os figuréis que deseemos ni queramos que esos honores terminen en nuestra pobre persona. El honor y la gloria son para solo Dios: Soli Deo honor et gloria (Sal 115,1).
> Un pacifismo claudicante
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