Pasto: una década de plenitud
En febrero de 1896 llegó a Casanare comunicación oficial de que monseñor Ezequiel Moreno había sido nombrado obispo de Pasto. Poco después, en abril, fue ordenado obispo su sucesor en el vicariato, el padre Nicolás Casas, y en seguida partió el padre Ezequiel a su nuevo destino, Pasto, a unos 900 kilómetros al sur de Bogotá.
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Óleo de Carlos Aguilar Durán. Seminario San Ezequiel Moreno. Pozos de Santa Ana. (San José, Costa Rica).
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De 1896 a 1906, en diez intensísimos años, ya como obispo de Pasto, guiará a sus fieles con todos los medios a su alcance. Colombia sufría los terribles embates de un liberalismo antirreligioso, que con frecuencia había logrado hacerse con los resortes del poder. El obispo no claudicará ante la avalancha de la propaganda, la difamación y el insulto. Se preocupará por los colegios y la enseñanza católicos, motivará a los padres y a los maestros en su labor educadora; alentará la llegada de misioneros a las regiones extremas de Tumaco y de Caquetá; promoverá el culto y las devociones, principalmente al sacramento de la eucaristía, al Corazón de Jesús y a María; fomentará la construcción de iglesias y santuarios; escribirá y propagará ediciones de pastorales y folletos para la instrucción de los fieles; desvelará los ardides de la propaganda antirreligiosa... A pesar de ser obispo de una diócesis de la periferia, se convierte en el abanderado y símbolo de la defensa de los valores cristianos en Colombia.
La diócesis de Pasto se sitúa al sur de Colombia, en la frontera con Ecuador. Ocupa un territorio extensísimo, con los mayores contrastes geográficos: el calor húmedo y sofocante de los extremos, lejanos y atrasados: al este la depresión amazónica con indígenas semicivilizados, al oeste la costa del Pacífico con grupos de negros; en el centro las alturas de la cordillera, con poblaciones mejor organizadas, con clima templado y frío, con Pasto a casi 2.600 metros de altitud. Las vías de comunicación eran casi inexistentes: para viajar a la capital de la nación se necesitaban semanas de camino en lentas cabalgaduras.
La diócesis de Pasto, con unos 460.000 habitantes en una superficie de 160.000 Km2, tenía 46 parroquias, cada una con su templo, 6 viceparroquias y 56 capillas rurales. Muy poco, poquísimo, para una extensión tan enorme. Contaba con comunidades de capuchinos y filipenses, y los jesuitas dirigían el Seminario; los maristas regían un colegio. Contaba, además, con varias congregaciones femeninas. La sede tenía una digna catedral y un decoroso palacio. El nuevo obispo buscó, como era su costumbre, la máxima sencillez y en su alcoba puso un jergón de paja. Desde el primer momento el padre Ezequiel se ganó el corazón de los pastusos, que le fueron siempre fieles, hasta en los momentos más adversos.
Inmediatamente se dedicó a animar toda actividad que fomentase la vida cristiana. Muy pronto comienza la visita a todas las parroquias de su extensísima diócesis. Eran largas y extenuantes, de las que, agotado o enfermo, regresaba tras semanas de actividad por malos caminos, posadas pésimas, con incontables privaciones. Confesaba varias horas, predicaba por la tarde, dirigía la catequesis, a veces sentado en el suelo. Todo le parecía poco; y exclamaba:
—¡Hoy sí que he gozado, porque esos pobres morenitos han aprendido lo necesario para salvarse!
Cuando reside en Pasto, visita las parroquias, anima a los curas, atiende a las religiosas, participa en las celebraciones, escribe pastorales. Introduce la adoración nocturna, fomenta el mes de mayo dedicado a la santísima Virgen, promueve los días 19 en honor de San José. Instruye y enciende el fervor con sus homilías e instrucciones con ocasión de retiros o reuniones. Visita a los enfermos y a los pobres, que fueron siempre su amor predilecto... Esta vida pastoral ordinaria es lo que se llevó la mayor parte de sus días y de sus fuerzas.
> Una luz en lo alto
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