En un mundo nuevo
En agosto de 1888 ha llegado la llamada: se necesitan voluntarios para Colombia, donde quedan algunos recoletos de edad, supervivientes de las persecuciones contra los religiosos, y esperan la savia renovadora de España. “Hace algún tiempo que me parece que el Señor me llama a esta misión”. Y son siete los religiosos de Monteagudo que se suman a su decisión, lo que indica cómo había ido calando el celo y disponibilidad de su prior.
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Convento de El Desierto de la Candelaria, Ráquira (Boyacá, Colombia).
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Salen de Santander contando con las oraciones de muchas comunidades, especialmente de las monjas agustinas recoletas, a quienes ha insistido que lo apadrinen. En los primeros días de 1889 llegaba el padre Ezequiel a Bogotá. Le esperaba una labor ardua. Son pocos, pero cuenta con una confianza grande en el Señor. Procura organizar la nueva vida de los recoletos. Instala una comunidad en el histórico convento de El Desierto de la Candelaria, cuna de la Orden en América, y organiza el noviciado. El otro centro de actividad será Bogotá.
Cinco años va a vivir en la capital de la república, cinco años de intensísima actividad que brota del manantial fecundo de su vida espiritual. No busca sus intereses, sino los de Cristo (Fl 2, 21). Y el camino es claro: convivencia amorosa con el Señor en su interior, aliviar a todos los pobres –enfermos, tristes, necesitados– y contagiar a todos de la fe en un Señor que nos ama. Y él se siente instrumento de ese delicado amor. Por eso, es reclamado para predicar en todas las iglesias, para confesar a las comunidades de religiosas, para atender a enfermos, moribundos, presos. Alienta deseos de mejora, anima incansablemente con generosa y delicada paciencia en el confesionario. Le reclaman las damas de la alta sociedad y las pobres y sencillas gentes.
Austero e intachable, adquiere fama de predicador lleno de piedad y unción, que se disputan todos los púlpitos de la ciudad, desde la catedral hasta las capillas de las monjas. Acude a los campos, dirige ejercicios espirituales. Se prepara con esmero y escribe sus sermones. Con su voz clara, llena de fervor, habla al corazón. Él mismo expresará bien el norte de su predicación:
—No subo a este púlpito para entreteneros con frases escogidas o con flores de estilo… He subido a este sitio para dar gloria a Dios y excitaros a que también se la deis vosotros.
Como superior debía guiar a la comunidad recoleta en Colombia. Para ello centró su preocupación en la vida en comunidad. Todos debían vivir en comunidades de al menos tres o cuatro religiosos, guiados por las normas de la Orden, con un ideal de convivencia fraterna, de estímulo para el apostolado. Tuvo que pedir con insistencia a España religiosos que engrosaran el pequeño número de los ocho primeros. Poco a poco fueron llegando y pudo pensar en nuevas casas y nuevos trabajos. Se preocupa de cada uno de ellos y de sus necesidades -sobre todo en los puestos difíciles-, los anima, alaba sus trabajos, los sustituye en algún trabajo difícil. Nunca reprendía, sino que llamaba la atención con dulzura. Su delicadeza se expresaba aun en su fórmula de encomendar un trabajo: “Podía, si le parece, encargarse de esto…”.
> "Una sola alma vale más que la vida del hombre"
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