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Óleo de José María Díaz Castán. Convento de Monteagudo (Navarra, España).

 
Juan Pablo II quiso canonizar a un santo que simbolizara la gigantesca obra de la evangelización de América. Y eligió a san Ezequiel Moreno. El 11 de octubre de 1992, víspera del quinto centenario del descubrimiento, en Santo Domingo, en el marco de las solemnes celebraciones del V Centenario de la evangelización de América y de la IV Conferencia general del episcopado latinoamericano, ante más de trescientos obispos y miles de fieles, proclamó que Ezequiel “en su vida y en su obra apostólica compendia admirablemente los elementos de la efemérides que celebramos. En efecto, en su vida aparecen España, Filipinas y América Latina como los lugares en que desarrolló su incansable labor misionera este insigne hijo de la Orden agustina recoleta…. El nuevo santo se nos presenta ante todo como modelo de evangelizador, cuyo incontenible deseo de anunciar a Cristo guió todos los pasos de su vida”.

> La forja de un santo




Índice

Introducción

La forja de un santo

El desafío de Oriente: Filipinas

Forjador de misioneros

En un mundo nuevo

"Una sola alma vale más que la vida del hombre"

Pasto: una década de plenitud

Una luz en lo alto

Conflicto del Colegio de Tulcán

Un pacifismo claudicante

Una concordia desconcertante

Una mirada al interior

Enfermedad y muerte