Viernes, 9 de diciembre
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Las barrigas hinchadas de los pequeños son señal inequívoca de parásitos intestinales.
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Me he levantado tarde, porque he pasado toda la noche sudando. Me siento mareado, sin fuerzas y agotado. Temblando como unas castañuelas y sin apetito. Casi, casi como nuestro viejo Land Rover. Es increíble cómo un simple mosquito puede darte semejante revolcón. Pero claro, si corres el encierro en las astas, tarde o temprano el toro te pilla. Y nosotros últimamente lo hemos corrido metidos en el mismo morro del toro.
En nuestras aldeas hay tanta enfermedad, tanta miseria... Era imposible que después de tanto picotazo no nos topásemos con el bendito falciparum. Lo que está claro es que no es lo mismo "correr el encierro" y que te pille el toro a los 35 que a los 53 años. Aquí el orden de los factores sí altera el producto.
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Un pequeño con una malformación.
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El doctor me ha pedido que apunte el día exacto en que me sienta con fuerzas. Debemos aprender a "ser humildes y reconocer nuestra debilidad" (son sus palabras textuales). Sonrío al recordar el diploma que me dieron en Valladolid antes de mi primera partida a Sierra Leona: "al más humilde de la comunidad". Y es que a mí a humilde no me gana nadie, faltaría más.
Al primer síntoma hay que acudir al hospital. En mi caso, dice, le he dado 9 días de ventaja al virus por esperar a ver si me curaba solo, y por no saber reconocer los síntomas. La verdad es que desde hacía tiempo no me sentía bien, pero creí que era parte de la adaptación. Y René me decía que en África daban con frecuencia esos bajones físicos.
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José Luis con un pequeño recién nacido.
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La teoría nos la sabemos muy bien: manga larga, no salir al amanecer ni al atardecer, usar repelente... El doctor nos quiere y no deja de repetirnos esos consejos. Pero creo firmemente que una de las cosas más importantes en nuestra misión es la visita a las aldeas, compartiendo con nuestra gente alimento y techo. Eso les hace felices y así nos sienten más cercanos. Y para quedarme en mi habitación me hubiese quedado mejor en El Paso, Texas. Como dice el bueno de Casimiro:
— Los mosquitos no vuelan alto, no pican en el segundo piso, sólo cuando bajamos a convivir con las personas.
Por la tarde he acompañado a Edgar a visitar a Casimiro. Le hemos llevado para cenar sopa de pollo, unas galletas y unos plátanos. También un termo de café caliente con leche en polvo. Está como enjaulado, pero no lo sueltan. Me río solo, imaginándome tumbado en la cama de al lado unidos "en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad todos los días de nuestra vida".
Al volver nos hemos cruzado en el camino con René, que volaba al hospital con Francis, nuestro catequista. Gracias a Dios que pudo echar a andar el Land Rover amarillo, porque ése sí que camina de milagro. Seguimos ejerciendo de "Seguridad Social".
> Sábado, 10 de diciembre
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