Miércoles, 16 de noviembre
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Caminando entre arrozales en la “correría apostólica”.
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Por la mañana, el pueblo se reúne para rezar un rato antes de despedirnos y volvernos a agradecer la visita. Desayunamos plátanos y naranjas y emprendemos ruta hacia Kasansan.
Al salir, Casimiro me dice:
— “No water this time” (esta vez no encontraremos agua).
Pues casi lo mato. Le habría hecho beberse toda la que cruzamos andando. Tuvimos que atravesar cientos de charcos inmensos entre los arrozales, donde los mosquitos se daban un festín con nuestras piernas. Nunca hasta ahora me habían picado en las palmas de las manos pero, esta vez, ni eso respetaron.
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Niña de Kamabangecroy.
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En Kasansan nos reunimos con su líder Kanthiya Kallah y con la comunidad. Están sorprendidos al vernos y nos ofrecen mampa. Intento tomar unas fotografías espontáneas, pero es imposible. En cuanto me ven con la cámara, corren a posar todos los de alrededor. ¡Les encanta que les tomen fotos! Y se ríen viéndose luego en la pantalla de la cámara digital.
De allí nos encaminamos hacia Kamabangekroy. En el camino, Samuel me explica la diferencia entre un mampa bueno y otro malo. Un mampa bueno es el “from God to man” (el que viene directamente de Dios, que lo puso en la palmera, hasta tu estómago). El mampa malo es el que tiene agua.
Vaya, que parece que aquí hay personas que bautizan el mampa, como en mi tierra bautizan el vino. Y desde entonces, me dejan probar a mí primero para que note la diferencia. Y entre probadita y probadita…, uno siente que la mochila pesa menos. Comida no es que sobre, pero “God to man” hay a chorros.
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Ancianos y niños en Kamabangekroy.
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Kamabangekroy (se las trae el nombrecito) está en lo alto de una colina. Se instalaron allí por causa de la guerra y te quedas sin resuello para llegar. Bockarie Kargbo, líder de la comunidad, no se explica cómo nos pudimos dar tan soberana paliza para ir a compartir unas horas con ellos.
Nos ofrecen naranjas y arroz. Se visten de gala para las fotos y corre en abundancia el mampa. Le digo que es bueno, y se ríe. Después de descansar un rato y repartir unas medicinas, emprendemos el regreso a las dos de la tarde. Caminar a esas horas es como meterte en una sauna, pero como no me viene mal…, pues aguanto estoicamente. Vamos directamente a Kabake sin pasar por Kasansan.
Nos esperan para dormir en Kamanameh, así que tenemos tiempo suficiente para saludar al líder de Makamayah, una aldea musulmana que nos queda en la ruta. Nos dice que en el poblado también viven algunos cristianos y que seremos bien recibidos cada vez que queramos venir a visitarlos. Curiosamente es una aldea mandinga, dentro de esta zona limba.
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Madre del poblado de Kamabangekroy.
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Llegamos al atardecer a Kamanameh. La aldea está inundada de gente y parece que fuesen los sanfermines, pero sin rueda de la fortuna ni churros ni bocadillos de jamón ni autos de choque. Los niños corren, ríen y se divierten…, no sé cómo. Los mayores hablan y hablan sin parar.
Al lado de la baffa en la que nos instalan, las mujeres están preparando unas grandes ollas de comida. El líder, Emmanuel Sanimeh Koromah, baila gesticulando aparatosamente frente a nosotros mientras preparamos la eucaristía. Samuel nos va traduciendo:
— Estoy encantado con vuestra presencia. Es la primera vez que el “Almighty God” (Dios Todopoderoso) viene a visitarnos y a dormir en nuestra baffa, y quiero que os sintáis cómodos.
Miro a Casimiro y pienso que ni subiéndome encima de sus hombros damos la talla física, moral y espiritual del “Dios Altísimo”, pero al menos intentamos poner un poco de su ternura en el corazón de estas personas.
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Vista de “las calles” del poblado de Kasasan.
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¡Si supiesen ellos el bien que nos hace compartir su fe, su amor y su esperanza! ¡Si supiesen que sus Fandantu wo (padrenuestros) y sus Yan man yina Mariya (Ave Marías) nos saben a gloria, y que no hay insecto en el mundo capaz de impedir que disfrutemos de su presencia! ¡Qué bien se esta aquí, cerca del corazón de los pobres; cerca, por tanto, del corazón de Dios! ¿Cómo pintar este paisaje? ¿Cómo fotografiarlo siquiera? Son las fotografías del alma, esas que se te quedan en el recuerdo y que alimentan tus momentos de soledad.
Luna llena, palmeras, silueta de las chozas, hogueras, tambores, danza, mampa… Es la vida latiendo a tu lado con toda su intensidad. Y te sientes vivo, a su lado, compartiendo sus penas y sus alegrías, sus fatigas y su esperanza.
La Sociedad Bondo de mujeres celebra la muerte de uno de sus miembros: la madre de nuestro catequista Emmanuel M. Mansareh. Sólo ellas participan en la celebración. Beben y danzan al ritmo frenético de los tambores “kunah” durante toda (¡toda!) la noche. Bailan para espantar la tristeza.
¿Cómo conciliar el sueño? Miro al techo de la baffa y un alacrán negro de casi un palmo se esconde despavorido ante la luz de mi linterna.
— Te cambio el sitio -le digo a Casimiro-.
— Mejor estiramos las piernas y contemplamos el espectáculo –responde-.
> Jueves, 17 de noviembre
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