Jueves, 10 de noviembre
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Casimiro y su “segunda opción”: un rico café en Hunduwa.
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A las 7:30 a.m. celebramos la eucaristía y partimos para Hunduwa. El guía preguntó si queríamos ir por el camino largo (cuatro horas) o por el corto (dos horas).
— Y ¿cómo esta el camino corto? –preguntamos-.
— Un poquito mal, padre.
— Pues tira por el corto.
Y es que uno no puede dejar de ser navarro ni en estas latitudes. Menudas dos horas nos esperaban: puentes caídos por el agua, lodo hasta las rodillas… Ellos pasan como si nada, pero tú te vas dejando a litros todos los pecados de gula.
Y los insectos no pican, muerden por todo el cuerpo, y lo harían en el alma si la encontrasen. Aquí sucede lo mismo que en México. Si un mexicano te dice que el chile “pica un poquito, padrecito”, sabes que te vas a escaldar la lengua (y si no lo sabías ya te lo digo yo).
Si aquí te dicen “un poquito malo” significa que casi no hay camino y que vas a reventar en él. Vamos, que puedes ir tarareando a Serrat y su “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Así que lección aprendida. La próxima vez no queda más remedio que meterse el orgullo regional por la cámara de los comunes y tirar por lo fácil.
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El líder de Hunduwa y su familia.
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En Hunduwa descansamos un rato en casa del líder de la comunidad, David Conteh. Tiene una sola esposa, aunque tuvo otras mujeres. Ayudó a engendrar 20 hijos, de los que le sobreviven 10 (otra vez el 50%). Nos regaló plátanos y naranjas para calmar la sed y nos presentó a sus dos nuevos retoños, dos gemelillos preciosos.
Le di dos sueros para la diarrea de los críos y paracetamol para un familiar. La noticia corrió como la pólvora y al poco rato teníamos una fila pidiendo medicinas para todo tipo de enfermedades. ¡Qué frustración le entra a uno por no saber un poquito más de medicina! ¡Con las horas que yo he tirado a la basura!
Como no tenía pastillas placebo, eché mano de las aspirinas y repartí tres cajas (gracias, Joaquín y Mari Carmen). Mi amigo Roberto Medina (médico en Las Cruces, Nuevo México) siempre me recomendaba tomar una diaria, así que supuse que a ellos tampoco les vendría nada mal.
Piden una solución a su problema, a su enfermedad, y no puedes decir un “no” rotundo. Sería algo así como robarles la esperanza. La expresión mágica es “next time”. Me lo contó Edgar nada más llegar al país: él siempre dice “next time” a los agobiantes vendedores, y le sonríen agradecidos. Hoy no les ha comprado nada, pero se van con la esperanza de que quizás otro día se vuelvan a encontrar y sí les pueda compre.
Después de cerrar el improvisado “consultorio médico” y de agotar las existencias de Adiro 300, nos instalaron en una clase de la escuela y nos prestaron dos esterillas para dormir. Prefirieron la reunión y la misa por la noche, para poder ir a trabajar temprano a sus pequeños campos.
Entre las mil cosas que nos propusieron, lo que más anhelaban era la construcción de una pequeña iglesita en la que reunirse sin depender del horario escolar. Uno queda impresionado ante la fe de estos hombres. Celebramos la misa con los niños dormidos en los primeros bancos a pesar del estruendo de los tambores y con el pueblo cantando entusiasmado por nuestra visita. Y qué delicia oír rezar el Padrenuestro en loko, tan diferente del limba, y tener la seguridad de que Papá Dios los estaba escuchando bien atento.
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Casimiro y José Luis antes de enfrentarse a una nueva noche, en Huduwa.
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Y cuando llega la noche es cuando sale el coreano que Casimiro lleva dentro:
— ¿Quieres un huevo?
Y, mientras lo miras con cara de asombro, saca de la mochila dos huevos duros y sal.
— Dios mío, Casimiro, te amo.
— ¿Quieres café?
— ¿Pero es que me vas a decir que también tenemos café?
Dicho y hecho: café caliente con tres azucarillos, como a mí me gusta. Y de su mochila siguen saliendo los mosquiteros, las cuerdas para colgarlos, la navaja bien afilada, las pilas de repuesto… Y todo perfectamente organizado en sus correspondientes cajitas.
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La escuela se convirtió en hotel para Casimiro y José Luis.
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Apagamos las velas e intentamos agarrar postura tumbados en el suelo bajo lecciones de inglés y de futuro: “My name is Musa Kabba”; “My name is Sally”; “Good morning”. Me duermo pensando en cuándo realmente los días serán buenos para estas buenas gentes, y hasta dónde llegarán estos críos en su formación académica.
Dicen que es bueno para la columna dormir sobre suelo duro. Si eso es cierto, menudo regalazo que en estos tres días le he hecho yo a la mía: primero la baffa, luego los bancos de la iglesia, y ahora el suelo de la escuela.
> Viernes, 11 de noviembre
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