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Casimiro Lee, coreano, estuvo durante su estancia en Madrid en la Parroquia de Santa Rita, donde un grupo de apoyo a la misión de Sierra Leona ha estado haciendo varias actividades para recaudar fondos.
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Lunes, 10 de octubre
Ayer domingo fui andando a decir misa al poblado de Kamankay. Está muy cerquita, como a tres kilómetros; pero sudé una camiseta en el camino de ida, otra en la misa y una más en el regreso.
Si es cierto que el agua por estas tierras es tan valiosa como la gasolina, con la que yo tiro sudando podrían montar una refinería.
En las misas, si tienes suerte, solo necesitarás un traductor. Hay veces en las que el traductor de limba no sabe inglés, así que tienes que conseguir otro que te traduzca del inglés al kriol. Total: si yo digo que “José murió”, dos palabras únicamente, el traductor de limba les cuenta dónde nació José, quiénes eran sus hermanos, cuándo enfermó… Y, desde luego, están agradecidísimos de que un sacerdote vaya a celebrarles misa.
Estoy en ese momento en el que te pica todo el cuerpo y te sientes todo el día empapado y sucio. Espero que entre los mil picotazos que decoran mi cuerpo no tenga ninguno del falsiphalus (o como se escriba el nombre del puñetero mosquito).
Édgar ha vuelto de los poblados cabizbajo. He preferido respetar su silencio, pero creo que le afecta ver la situación de pobreza en la que se encuentra nuestra gente. Y no se anima a comer el arroz que le cocinan porque es el único que tienen. Luego, en casa, a uno le entra como un complejo de culpa.
—No rice today (hoy no hubo arroz), me decía un crío. Su hermana le regañó por pedir comida. Le dimos de lo nuestro, ¿que íbamos a hacer? ¡Y yo, quejándome de hambre! Es muy difícil mantener la cabeza fría y el equilibrio emocional.
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José Luis y su amigo el gallo blanco… Antes de comérselo preparado por Casimiro.
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He preguntado por el gallo blanco.
—¿Qué crees que te comiste ayer?, me dice Casimiro, el coreano.
¡Ahí va! ¡Me comí a mi amigo!. Mejor que no me lo dijeran antes.
Hoy me he enterado de algo increíble. Me ha contado Casimiro que sus papás eran leprosos y que vivían en una leprosería atendida por las hermanas de la madre Teresa de Calcuta. Cuando él nació, al verlo sano, sus padres lo mandaron fuera de la leprosería. ¿Os imagináis con qué ternura mira Casimiro a los leprosos de nuestras aldeas?
Tiene un corazón de oro y siempre lo ves trayendo a alguien a comer a casa.
—No food today, dice sonriendo con sus ojillos semicerrados, y les sirve un buen plato de arroz.
La verdad es que hemos hecho muy buenas migas, porque nuestro inglés no tiene desperdicio. Eso sí, con cualquier cosa sobrante hace unas sopas que te chupas los dedos. Nunca te responde si le preguntas de qué están hechas. Incluso creo que es mejor no enterarse.
—Eat, eat (come, come), dice únicamente; y se ríe.
Como sabéis, el dormir en El Santo Ángel, de El Paso, en Texas, es una tortura los primeros días. Parece que todos los trenes del mundo pasan por debajo mismo de tu habitación. Luego uno se acostumbra a sus pitidos y no lo tira de la cama más que un buen despertador.
Lo mismo pasa en Kamabai con los gallos. Al principio uno se une al salmista y canta Alabad al Señor por los gallos… por habernos dado tan natural despertador. Ahora no lo oigo ni aunque se ponga a cantar en el palo de mi cama, y he necesitado echar mano del despertador tradicional si quiero estar a tiempo en la capilla.
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