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  El aeropuerto internacional de Freetown con los misioneros recoletos, antes de la llegada de Garayoa.
Llegada a Freetown

Cuando me dejaron en el aeropuerto de Madrid Barajas camino ya a Sierra Leona, la verdad es que un poco de canguelo sí que tenía. En Bruselas tuve que caminar kilómetros para encontrar la puerta B-5. Antes, migración y otro control de seguridad. En dicha puerta, el vuelo ya iba tomando color: color moreno, se sobreentiende. El vuelo lo hicimos sin sobresaltos y yo metiéndome en el cuerpo todo lo que me ponían.

En Freetown nos esperaba un día lluvioso y con un calor y humedad como para deshacerte. Esperé un buen rato las maletas, que debían pasar por una cinta lentísima, y tuve el “mal pensamiento” de que, quizás, al otro lado las estuviesen esculcando bonito. Solo fue un mal pensamiento, porque las tres llegaron a mis manos sanas y salvas.

 

José Luis Garayoa, el 30 de septiembre, a punto de embarcar para Bruselas y, desde allí, a Freetwon.

El problema, como sabéis, viene después. Hay tres mil manos que quieren ayudarte a llevarlas para conseguir una propina. A lo lejos divisas a 20 policías aduanales que se frotan las manos en cuanto llega un avión de Europa.

Una policía me ofrece, como la primera vez, llevarme al huerto o, mejor, al hotel.

—“Next time”, dije.

Yo ya tenía en el bolsillo unos cuantos billetes de 1 dólar, dos de 5 y otro más de 10 por si venía a recibirme algún “personaje importante”. Pero o ha mejorado el sistema, o yo me he vuelto un miserable. Con un dólar logré que me marcaran todo el equipaje con una tiza azul como la que usan los sastres en sus patrones. Esa marca te daba vía libre al exterior. Con otro dólar conseguí un carrito y un portador.

Los 66 kilos que conseguí embarcar (primero, el permiso fue para 40 kilos; luego, para 50; y al final fueron las tres maletas las que entraron en las entrañas del avión) estaban sanos y salvos en el jeep. Las placas solares no sufrieron ningún desperfecto y parece que nadie tocó el montón de cables y reguladores.

Fue una alegría inmensa abrazar a mi nueva comunidad. Habían salido en pleno a recibirme desde Kamabai. René preguntó si traía chorizo y jamón, y les dije que, por esta vez, el “cerdo” iba vivo y que pesaba 92 kilos.

El viaje en ferry del aeropuerto a Freetown duró una hora, y allí tome las primeras fotos. Desistí de sacar muchas, porque es imposible describir ese momento y captar semejante lluvia de imágenes nuevas. Ensimismado, oí que me decían:

—“This is your country now, this is your people”
(Ésta es tu patria ahora, ésta es tu gente).

De allí, al café internet (administrado por libaneses, naturalmente) para ponerme al día de los correos electrónicos. No sé qué pasaba, pero a mí me costaba mucho conectarme y escuchar bien por el Skype. Me era más fácil chatear. Me decían desde Madrid que era el ancho de banda, pero si ve las conexiones y los cables colgando… En fin, espero que la próxima nos podamos comunicar mejor.

La casa que el obispo compró en Freetown y donde José Luis Garayoa pasó su primera noche.

 

Dormimos en una casa que el obispo compró a una libanesa que se largó cuando la guerra. Es cómoda y está en lo alto de una colina. Los americanos están haciendo una mastodóntica embajada en otra colina cercana, y me pregunto qué se les habrá perdido por aquí. Bueno, supongo que el rutilo, diamantes, oro… tendrán un poco de culpa. El caso es que, viendo caminar a la gente y las condiciones en que viven, uno se pregunta dónde demonios están los diamantes.


> En Kamabai, casi siete años después



Índice

Introducción

Llegada a Freetown

En Kamabai, casi siete años después

Un Babel de lenguas

Las dificultades de comunicación

Lunes, 3 de octubre

Martes, 4 de octubre

Miércoles, 5 de octubre

Jueves, 6 de octubre

Viernes, 7 de octubre

Lunes, 10 de octubre