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Tumba del P. Pardo, en el cementerio de Lábrea.
 
El funeral: dos días para enterrarlo

Como no había otro sacerdote en Lábrea, fue enviado un barco a Canutama para traer al P. Isidoro Irigoyen, con el fin de presidir el funeral. Allí estaban también las religiosas Nieves Ulayar y Cleusa Coelho, que habían ido a conocer la parroquia. Ante la demora en llegar, el cadaver, debido al calor y a pesar de las inyecciones de formol, comenzó a descomponerse. Habían pasado más de 24 horas después de la tragedia. A las once de la noche una procesión interminable con velas en las manos, llevaba el cuerpo del P. Jesús Pardo para el cementerio. El féretro fue depositado en la tumba, que quedó abierta a la espera de la llegada del P. Isidoro. Muchas personas permanecieron en oración en el cementerio durante la noche. Finalmente, el barco de Canutama llegó a la una de la madrugada del día siguiente. El P. Isidoro bendijo la sepultura y rezó el responso. Al amanecer fue celebrada la misa de funeral ante la tumba.

El recordatorio que fue repartido entre los fieles decía: “En un impulso de dedicación y bravura salvó de la muerte a cuatro niños que se ahogaban, trayéndolos todos a nado. En ese esfuerzo inaudito se rompió una de las venas y, ahogado en su propia sangre, tuvo la muerte suave de los mártires de la fe, tumbado en el campo de batalla, al margen del río”.

El P. Saturnino Fernández escribió en el Libro de Tombos: “El lamentable accidente tuvo origen en el desprendimiento y bravura del P. Jesús Pardo. Para salvar a unos niños, que sin su auxilio hubiesen perecido, se sacrificó un verdadero héroe de la vida real”.

Sor María Paz recuerda aún al P. Jesús Pardo como “un sacerdote ejemplar, un misionero incansable, humilde, bondadoso, trabajador, generoso, atento a las necesidades de todos, alegre, bromista, siempre rodeado de niños, un hermano en medio del pueblo”.

 


P. Jesús Pardo. Fotografía del recordatorio de su muerte.

Índice

Jesús Pardo

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