 |
 |
Vista de la iglesia de la Ciudad de los Niños.
|
|
 |
|
Inés con algunos de los muchachos de la Ciudad de los Niños.
|
|
El testimonio de Inés
De recién licenciada a voluntaria. ¿Qué ocurre en la vida de Inés Parrondo para que se dé ese paso? Pues si te soy sincera no lo sé… “¡Diocidencias!”. Que aunque te resulte una respuesta muy cómoda, creo que es lo que mejor explica esta decisión tan repentina. Porque fue de la noche a la mañana el decidir irme, aunque el tiempo de búsqueda y preparación de mi salida me llevase más de un año.
Por aquella época Inés estaba pasando por una crisis existencialista. Hablo de mí en tercera persona porque, con frecuencia, retrocedo a aquella etapa de mi vida y me sorprendo de lo que era, pensaba, sentía y hacía… Cómo la vida puede tomar sentido en cuestión de segundos tras una decisión trascendental y que marca la diferencia con respecto al camino tomado por la mayoría de los jóvenes europeos a esas edades.
¿Fue una huída? Por supuesto que sí. Salí de una realidad que no me gustaba, de un ser y sentir que me invalidaba como persona y como profesional… y ya sabéis, “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Necesitaba encontrar y encontrarme, mirar la vida desde sus otras caras, así que sin mucho pensarlo agarré mi bulto y me arriesgué a encontrarme diferente. Necesité cambiar de lugar, de cultura, de sistema de relaciones, de ritmo de vida… para darme cuenta de que, eso que buscaba, estaba dentro de mí.
 |
 |
Ciudad de los Niños: Albergue Santa Ana Cocina.
|
|
Me fui como voluntaria y dispuesta a cumplir con tan “reconocido calificativo”, creyendo que mi servicio incondicional, mis conocimientos de “universitaria europea” iban a salvar el mundo. Pero para mi sorpresa, el mundo me salvó a mí.
Mi idea era pasar allí cinco meses, como mucho seis, para cambiar de ambientes, hacer la diferencia con respecto a los proyectos de vida de la inmensa mayoría de los jóvenes madrileños. Y por supuesto, quería adquirir cierta experiencia en una profesión que solamente conocía por casos ficticios redactados sobre papel, para retomar mi prefijado plan de vida. Todo bien calculado, todo bien amarrado… Pero en mi despertar y resurgir aparecieron muchos imprevistos, sorpresas, desconciertos. Y mi mundo cambió de color, forma, textura, olor y sentido.
 |
 |
| |
Ciudad de los Niños: Hora de la comida en el albergue Santa Ana.
|
Voluntaria: es una palabra bien linda y parece denotar un gran sentido de humanidad, de servicio. Pero en el fondo se queda en una palabra, en un calificativo. Como muy bien dijo Laurita, una voluntaria madrileña, “encontré un mundo más humano y justo que creí no existente, donde nuestra entrega se ponía de manifiesto tanto en el dar recibiendo como en el recibir dando”. Creo que mi mérito no fue ir a trabajar sin recibir una compensación económica, porque detrás del dar incondicionalmente siempre hay un recibir desmesurado.
 |
 |
Ciudad de los Niños: Enfermería.
|
|
¿Cómo conociste a los agustinos recoletos y la posibilidad de actuar en la Ciudad de los Niños? ¡Otra “diocidencia”! Mis creencias y prejuicios en aquella época no me dejaban trascender a lo visto, comprobado científicamente, por lo que la palabra fe no se incluía en mi vocabulario, en mis pensamientos, acciones o emociones. Como no creyente nunca busqué la vía del misionado católico. Mis primeros intentos de una experiencia de voluntariado se centraron en ONGs internacionales de gran reconocimiento como Médicos sin fronteras. Sin embargo mi perfil no coincidía con lo exigido: poca experiencia, limitado conocimiento de idiomas…
Sin abandonarme a una de las pocas decisiones firmes y trascendentales en mi vida, hice uso de mis grandes dotes de persistencia, llegando a convertir mi deseo en una verdadera obsesión, a la que respondió mi madre tras una conversación con el agustino recoleto Francisco Domínguez. Desde la Parroquia de Nuestra Señora de Buenavista en Getafe, gestionada por los Agustinos Recoletos, tuve mi primer contacto con Ciudad de los Niños y la Orden.
 |
 |
| |
Ciudad de los Niños: Hora de trabajo.
|
¿Sabías a qué te enfrentabas cuando te subiste al avión que te llevaba a Costa Rica por primera vez? No tenía ni la menor idea y no creas, me inquietaba. Ese viaje sería el inicio de mi independencia, era la herramienta que facilitaría mi autoevaluación. Era una prueba dura, muy autoexigente y controladora; superarla determinaría si era capaz de superar el listón de idoneidad que me había impuesto. Mi nivel de autoexigencia también me hizo orgullosa, por lo que pasara debía demostrarle al mundo que yo sí podía, sí valía y debía hacer algo por los demás que repercutiese directa y solamente en mí, apropiándome de un sentido de utilidad que en España no había hecho consciente. No estoy diciendo que no fuese válida, trabajadora y muy persistente en las actividades en las que me vi involucrada; hoy retrocedo cuatro años y descubro que siempre estuvo el potencial, pero no los motores que los hicieran fluir y emerger proyectándose en un actuar con sentido, en sentir para vivir y en un vivir para sentir.
No conocía a nadie, tenía una idea vaga de dónde iba y de lo que me iba a encontrar por la información que me había proporcionado Francisco Javier Jiménez, en aquel momento secretario provincial, junto con Rosa y Virgilio, dos grandes personas que estuvieron en la Ciudad de los Niños anteriormente como voluntarios en su periodo de vacaciones.
Y a pesar del desconocimiento del lugar y de ser la primera vez que salía de mi casa, del regazo sobreprotector de mi madre y del país, no tenía miedo. Podía sentirme nerviosa y curiosa, pero no indefensa o pensando que aquella decisión no era la más adecuada. Si bien es cierto, recibí mucho apoyo de mi madre y de Javier, a quienes hoy agradezco que fueran los impulsores y facilitadores de esta increíble experiencia de vida.
 |
 |
Ciudad de los Niños: Taller 1 del curso Primero de electricidad.
|
|
Describe tus primeras impresiones al conocer la Ciudad de los Niños de Costa Rica. Extrañeza, sorpresa… eran más que normales. Fue una gran acogida desde un principio y en todo momento los religiosos se mostraron abiertos a mis aportaciones, inquietudes y comentarios críticos. Su calidez humana, respeto y compañía me enseñaron a disfrutar de los espacios de convivencia y fraternidad. En mi diario vivir comenzaron a tener sentido la sobremesa, las revisiones diarias, la aceptación de la diferencia… Aquellos religiosos eran un grupo de hombres bien curioso y a mí me encanta lo diferente y desconocido…
Sin embargo, recibí la gran noticia de que debía vivir con ellos, y el mundo se me hizo mas chiquitito, temía el control, la dependencia y que descubrieran quien era yo realmente, una chiquilla cobarde que necesitaba huir para demostrar si valía.
Para mi sorpresa, Ciudad de los Niños era un paraíso natural, su enorme extensión y diversidad de servicios a los jóvenes más desfavorecidos me resultaba familiar. Yo pasé alrededor de siete años de mi vida en un colegio interna con salidas de fin de semana, por lo que el primer impacto fue un rememorar; y un sentimiento de gran soledad me inundó al encontrarme nuevamente en un espacio al que todavía no pertenecía, donde era una intrusa y desconocida para todos y todas.
Sin embargo este sentimiento de impotencia desapareció rápido y pronto me involucré en más actividades de las que podía resolver. Lo que más me agrada recordar fue ese maravilloso primer año donde todo estaba permitido, donde podía hacer y deshacer, donde no había imposiciones externas sino actuaciones en las que yo ponía el límite en tiempo y servicio. Después entré en planilla y el rol de “trabajadora” tenía ciertas implicaciones que me costó aceptar.
 |
 |
Ciudad de los Niños: Taller primero de Segundo de Mecánica.
|
|
No sólo diste mucho en estos cuatro años a la Ciudad de los Niños, sino que seguramente en ti misma has experimentado cambios y novedades. ¿Puedes describirlos? ¿Qué cambió en ti en la Ciudad de los Niños? Me dio el espacio para adentrarme en mi interior y descubrirme “rota sin Dios”. Me encontré fuerte, útil y con un gran potencial de servicio y entrega aún no explotado. Encontré sanación y crecimiento personal y en mis relaciones con los demás.
Desperté a una realidad donde sí era posible el cambio y la lucha por los valores humanos. Poniéndome la camiseta de la minoría con responsabilidad social hacia los más desfavorecidos.
Viví intensamente el amor, la familia, la amistad y la cercanía de Dios. Descubrí mi fe y la fortaleza que ésta me ha proporcionado para seguir siendo un testimonio de vida, un renacer a la esperanza.
Descubrí la necesidad del otro, de alguien cercano con quien hablar, compartir, relacionarme afectiva, intelectiva y socialmente. Desperté a una realidad llena de oportunidades donde está permitido caer para después levantarse.
Conocí el significado de términos como “espiritualidad”, gozo, felicidad y amor. Me dejé llevar por ellos y descubrí que las fuentes de los que provenían estaban dentro de mí y mi historia de vida. Y fui consciente de esto al verme reflejada en los ojos de seres más desfavorecidos, más indefensos, más abandonados afectivamente… y también más fuertes y valiosos, los muchachos de Ciudad de los Niños.
Encontré lo que iba buscando y fue el principio de un navegar interminable por mundos y culturas desconocidas donde necesiten de una mano de apoyo y un corazón abierto a amar incondicionalmente. Yo creo que mi formación ocuparía un papel secundario. Y también pude desarrollarme profesionalmente, sintiéndome más segura y preparada para trabajar por y para los demás.
|