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| Sant’Angelo. Iglesia y convento agustinos. |
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El convento de San Nicolás
La plazoleta de la estatua de nuestro Santo se asoma a la ladera oriental del cerro. Desde allí se divisa, en el extremo sur, el convento y la iglesia de los agustinos, y hacia allá vamos. El complejo de ladrillo que allí encontramos, a pesar de su corte neoclásico y las sucesivas ampliaciones, se remonta hasta el siglo XIII y es anterior al propio san Nicolás. En origen, perteneció a la Congregación de Bréttino, un movimiento eremítico nacido a principios del siglo XIII en esta misma región de las Marcas, en la vecina provincia de Pésaro-Urbino. Es uno de los grupos que, en 1256, se fundieron para dar origen a la Orden de San Agustín.
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| Basílica de Tolentino. Cappellone. San Nicolás ingresa en los agustinos. |
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Sant’Angelo. Iglesia de los agustinos. Fachada. |
No conocemos cuándo oyó san Nicolás el sermón de la plaza, ni cuándo ingresó con los agustinos. Posiblemente, estuvo viviendo en este convento un mínimo de tres años, en calidad de “oblato” o aspirante. Podría haber sido a partir de 1259, cuando el convento llevaba como agustino sólo 3 años, y los 8 ó 10 religiosos que allí hubiera llevaban muchos años viviendo como ermitaños de Bréttino. El caso es que aquí ‑entre los 14 y los 17 años‑ mamó san Nicolás la espiritualidad que luego viviría en plenitud.
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| Basílica de Tolentino. Cappellone. San Nicolás ingresa en los agustinos. |
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La impresión que el visitante recibe cuando llega a este conjunto venerable no puede ser más desalentadora. Hasta hace pocos años, aquí había una comunidad agustiniana; incluso fue, en algún momento, casa de formación. Los padres Angelo y Franco, que nos guían, han residido en este convento de San Nicolás. Pero ahora el convento ha sido vendido y se están estrenando los apartamentos en que se ha reconvertido.
La iglesia sigue perteneciendo a la Provincia italiana de los agustinos. Es amplia y está bien conservada. A pesar de su apariencia barroca, no deja de ser una construcción que se remonta al siglo XIII, como hace notar la información turística que se nos ofrece. Información que menciona también un ciclo de frescos de Domenico Malpiedi, que es un pintor notable del siglo XVII; y, junto con ello, otras obras de mérito de los siglos XVII-XIX.
Todo, en esta iglesia, recuerda a san Nicolás, que aquí pudo tomar el hábito o, cuando menos, durante años forjó su alma en la oración de cada día. Pero es un recuerdo congelado, que produce desazón y melancolía. Las obras de arte ahí siguen: el Santo permanece al pie del presbiterio dando su última y definitiva lección: “Yo he guardado los preceptos de mi padre Agustín y por eso permanezco en su amor”; y, en la bóveda, sigue siendo llevado por los ángeles a recibir el premio de sus trabajos… Pero está solo, no tiene quien tome la lección de su ejemplo y lo continúe. En su casa de toda la vida, a san Nicolás le hemos dejado con la palabra en la boca.
Mis acompañantes me hacen notar, en una de las ventanas sobre la cornisa, la presencia pintada de un novicio que discretamente invita al silencio. Lo que en sí es un inocente recurso humorístico que busca inculcar la piedad, se convierte aquí en algo grotesco, en una broma de mal gusto. Yo, personalmente, dejo Sant’Angelo in Pontano con mal sabor de boca. |