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Fray Marcelo Calvo

 
Los primeros recoletos en Lábrea
Fray Marcelo Calvo pidió voluntarios para la nueva prelatura de Lábrea. Se ofreció fray Ignacio Martínez. Ambos, solos, comenzarían la nueva misión. Pidieron en Manaus audiencia al gobernador, el doctor Ifigenio Sales. Les recibió con suma delicadeza. Tan entusiastas se mostraron los dos frailes y con tanto ardor expusieron sus proyectos, que el gobernador, confiado y cautivado, ofreció a fray Marcelo el cargo de alcalde de Lábrea, queriendo de esta forma unificar el poder religioso y civil. Fray Marcelo no aceptó el ofrecimiento, alegando la prohibición del derecho canónico y el desconocimiento del estado económico y social del municipio, pero al mismo tiempo exigió del gobernador apoyo moral y ayuda material para realizar los planes de evangelización que ya llevaban elaborados.

Fray Marcelo Calvo como administrador apostólico y fray Ignacio Martínez como secretario, llegaron a Lábrea. Tomaron posesión de la Prelatura el 17 de octubre de 1926 de manos de don José Tito, sacerdote italiano, último párroco no recoleto de Lábrea. Las autoridades locales y el pueblo los recibieron con alborozo.

La alegría y el entusiasmo pasaron pronto. Los informes recibidos sobre la parroquia no fueron satisfactorios. Pocos meses después de tomar posesión de Lábrea, Alvaro Comlec publicaba en el Boletín de Santo Tomás:

«Los habitantes de la ciudad, exceptuando los funcionarios públicos, viven en la mayor miseria. No hay industria ni comercio, ni agricultura, y son contados los que se dedican a la pesca. Con razón es conocido Lábrea como lugar de hambre.

Pasada la época de la prosperidad, Lábrea, como todo el río Purús y el Acre, están despoblándose y en decadencia plena. Las rentas del municipio, que llegaron a la respetable suma de 700.000 pesetas anuales, han sido disipadas en política de campanario, en viajes, en prodigalidades y en prostíbulos. Estas rentas se evaporaron sin justificación honesta.

Llegó Lábrea a tener una buena iluminación eléctrica, quedando en el abandono y cubierta de bosque la caldera de vapor y más accesorios.

Lábrea es un mísero villorrio con casas en ruina, foco de fiebres mortíferas, careciendo hasta de géneros de primera necesidad. La vida espiritual de la prelatura corre pareja con la material, a pesar de haber tenido párroco desde la creación de la parroquia y del celo desplegado por el mismo. ¿Qué puede hacer un solo padre en una extensión de terreno tan enorme?

Esta es la viña, llena de malezas y espinas, donde han comenzado a ejercer su difícil misión los padres agustinos recoletos. Tierra estéril e inculta que se extiende más de 1.600 millas sólo en el Purús, sin contar los otros muchos afluentes. Para recorrer el trecho del Purús se emplean más de cuatro meses, y todos los sacramentos hay que administrarlos a domicilio. El mayor núcleo de población es Lábrea, donde no llegan a 400 habitantes».

Meses más tarde llegaron el padre Bienvenido Beamonte y el hermano Juan Altarejos. El padre Bienvenido escribió una carta al provincial informándole de la situación:

«Cuando llegaron los dos primeros padres, monseñor Marcelo y fray Ignacio Martínez, encontraron la ciudad en un estado deplorable en todos los sentidos, y principalmente en el religioso y moral. Lo único que aquí hacían, y aún hacen, para decir que son cristianos, es bautizar a los hijos, pues generalmente temen que los niños mueran sin bautismo, o paganos, como ellos dicen […].

Desconocen hasta lo más rudimentario en materia de religión; fe y piedad [éstas] gráficamente expresadas en una frase que frecuentemente pronuncian: “a la iglesia sólo para bautizar a los hijos”. Y según este pensar obran. De ahí esta relajación religiosa: no se asiste a la Santa Misa; no se confiesa ni se comulga en la Pascua, y, ¡ay de quien se atreva a hacerlo!, sobre todo si es hombre, porque puede prepararse para recibir una rechifla tan cargada de ironías y hasta sarcasmos, que si no está fortificado con la fe y las virtudes, y sobre todo con la gracia de nuestro Señor, lo menos se arrepentirá de haber realizado tal acto.

[...] La educación religiosa de los hijos es nula. Los padres no se preocupan del bien espiritual de sus hijos: si éstos quieren ir al catecismo, van; si, por cualquier motivo, no quieren ir, todo está bien: los padres no se incomodan.

[...] Son la indiferencia e ignorancia religiosa los grandes males de esta pobre gente. Los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia parece que no se dieron para esta ciudad, pues vive, como no se debe vivir, sino como se quiere».

La selva, el ambiente humano de miseria, el aislamiento y la incomunicación oprimían la Amazonia, que atravesaba su más terrible crisis a causa de la desvalorización del caucho. Había que comenzar de cero, sin recursos, ni humanos ni económicos. A fray Marcelo Calvo se le escapaba el coraje de otros años. Asustado ante la dureza de la prelatura y la responsabilidad de una misión difícil, minado por la edad y los trabajos apostólicos realizados en otras regiones y enfermo de malaria, quiso trocar la prelatura de Lábrea por otra más suave, que se iba a crear en la isla de Marajó.

Conocidos estos propósitos por Ignacio Martínez, que se encontraba solo, le escribe una simpática carta, en la que afirma estar convertido en un perfecto labrense; ha formado un coro, y «Lábrea parece un convento de frailes y frailas agustinas... roncas». Valientemente, al mismo tiempo, con recio temple evangélico le responde:

«Me dice Su Excelencia que intenta proponer a nuestros superiores el cambio de esta prelatura por otra que ha de crearse en Pará. ¿Por qué dejar Lábrea? ¿Porque no podemos con ella? Aún no lo sabemos, y es lo que falta que probar. Cuando “sepamos ciertamente” que no podemos, retirémonos. Ni Dios ni nadie nos pide milagros. Entre tanto, creo yo que debemos ir adelante. Más, soy de la opinión, y estoy muy esperanzado en que podremos ir adelante y cada vez mejor: 1º, porque Dios no nos enviaría aquí si estuviese sobre nuestras fuerzas; 2º, porque “El está con nosotros” y ha de ayudarnos grandemente; 3º, porque he visto en todos los de la ciudad y barracones la mejor voluntad en ser buenos y en ayudarnos.

Creo, pues, firmemente, “que sí podemos” con Lábrea; aunque sea un hueso, no hemos de cambiarla por el mejor trozo de carne. Todo por Nuestro Señor, y Él sabrá bendecir a nuestra Provincia y pagar sus sacrificios. Me parece que esto es obrar por Dios. Pudiendo con la cruz de Lábrea, trocarla por otra de menos peso es obrar por nuestra pelleja, y es de grandísimos cobardes».



Índice

Llegada de los recoletos a Brasil

Nacimiento de la prelatura de Lábrea

Los primeros recoletos en Lábrea

Desobrigas y música

Canutama, termitas y masones

"San Agustín", el primer barco

Protestantes

Enfermedades, pastoral y política

Comedias y construcciones

La casa de Manaus y visita del delegado provincial

Llegada de las recoletas y muerte de fray Ignacio

Excelsa aspiración (Duc in Altum). Poema.