-

El 53º Capítulo General peregrina al santuario de Tolentino
En la última sesión del jueves, día 24 de octubre, saltó la sorpresa en el aula del 53º capítulo general de la Orden. El padre provincial de la provincia de San Nicolás invitaba formalmente a todos sus miembros a visitar el santuario del santo patrono de la provincia, de quien estamos celebrando el VII centenario de su muerte. Un prolongado aplauso de sus 40 miembros acogió la invitación.


Ángel Martínez Cuesta, cicerone de campo y de ciudad.
Viaje a Tolentino
A las 6.20 de la mañana del domingo, día 31, 35 capitulares y los tres auxiliares de la secretaría se acomodaban en un autobús de la compañía Massimei, deseosos de afrontar las cuatro horas de viaje que separan el santuario de Roma. Fueron cuatro horas que corrimos al ritmo impuesto por las condiciones de la carretera: rápidamente por la autostrada del Sole y el tirante Orte-Terni y pesadamente por las tortuosas y empinadas carreteras del Apenino central.

Hubo tiempo para la contemplación del paisaje, para la alabanza al Señor con el canto de los laudes y del oficio de las horas, para alguna incursión en el mundo de la cultura y para saborear las primicias del vídeo sobre las pinturas que Juan Barba dedicó a san Nicolás en la cripta de la iglesia madrileña de Santa Rita. El vídeo, de excelente factura, fue del gusto de los peregrinos y se convirtió en la mejor ambientación del día. Sirvió de sobroso aperitivo al banquete espiritual que nos esperaba.


Admirados ante la fachada de la basílica de Tolentino.

 
Fray Mario Gentile, explicando en lo que fue celda del santo.
Visita guiada
A las diez y media tocábamos a la puerta del convento. La comunidad agustina, que en estos siete siglos no ha dejado nunca de honrar la memoria de su hermano más insigne, nos recibió del modo más fraterno. El prior, Luciano De Michieli, se puso a nuestra entera disposición, y fray Mario Gentile, guía de las grandes ocasiones, nos paseó por las principales atracciones del santuario: la celda del santo, hoy convertida en capilla de la comunidad; el Cappellone trecentesco en el que la escuela de Rímini pintó con una técnica influida por el genio de Giotto la vida del santo al lado de ingenuas, pero perfectas, figuraciones de la vida de Cristo y de la Virgen; el claustro del siglo XIII, espectador silencioso de ocho siglos de vida agustiniana; la sala de los dioramas, en que la comunidad acaba de reproducir la vida del santo en 28 escenas hechas a escala y llenas de vida y realismo; y “la capilla de los brazos”, así llamada porque en ella se veneraron durante siglos los brazos del santo, su única reliquia conocida desde que en el siglo XV la comunidad decidió proteger el cuerpo del santo contra el “celo indiscreto” de algunos devotos que pretendieron llevárselo.

En el Cappellone. En primer término, el arca de mármol constuida en 1474 para contener el cuerpo de san Nicolás.   En el claustro principal del convento.

Foto de grupo: los capitulares posan con el prior de Tolentino y algún otro miembro de la comunidad.   En la sala de los dioramas.

La protección fue tan eficaz y el refugio tan seguro que incluso se perdió el recuerdo de su paradero. Sólo en la primera mitad del siglo XX se llegó a conocer su “escondite”, se hicieron las oportunas excavaciones y el cuerpo pudo exponerse íntegro a la veneración de los fieles.

Todo nos lo hizo desfilar ante los ojos nuestro guía con profusión de datos, iluminados por el amor de quien ha entregado su vida a la causa que explica y entreverados de anécdotas y chistes contados con gracejo y una picardía revestida de una natural ingenuidad.

El plato fuerte, nos dijo, lo dejaba para después de la eucaristía.


Celebración histórica
Ésta sería el punto central del día. Por vez primera en siete siglos, 38 recoletos se daban cita en el Cappellone para honrar “al primogénito de la familia agustiniana” con la celebración de la eucaristía, el manantial más puro y abundante de la santidad de Nicolás. Presidió el padre provincial de San Nicolás, asistido por el prior general y el vicario general de la Orden, padres Javier Guerra y Carlos Imas.

Celebración eucarística en el Cappellone.
El celebrante supo captar el espíritu del momento y, alternando la doctrina con las llamadas al sentimiento, creó un ambiente de piedad que impregnó toda la ceremonia. Los cantos, dirigidos por fray Antonio Antón, el incienso, la dignidad de los ornamentos puestos a nuestra disposición por la comunidad del santuario, la ayuda de cuatro acólitos de la cofradía de la Correa, vestidos con hábito agustino, la discreta presencia del maestro de ceremonias y, sobre todo, el marco incomparable del Cappellone dieron a esta eucaristía una profundidad que difícilmente podremos olvidar cuantos tuvimos la fortuna de vivirla. Terminó con las notas vibrantes del reciente himno al santo, obra de los padres Javier Legarra (letra) y José Luis Sáenz (música).


La urna, bien visible.
Junto al cuerpo de nuestro santo
De la eucaristía nos trasladamos todos a la cripta del santuario -el plato fuerte de fray Mario-, donde se veneran los restos del santo. La comunidad había tenido la delicadeza de retirar la reja tupida que protege la urna, para que pudiéramos contemplar el cuerpo del santo cubierto con una mascarilla de plata. Tras la fotografía oficial nadie quiso desperdiciar ocasión tan excepcional. De ahí el lógico arremolinarse de los fotógrafos, la multiplicación de los grupos, el disparo incesante de los flashes…

Los concelebrantes, en la cripta. En primer término, miembros de la cofradía de la Correa. Preside Rafael Mediavilla.   (Izda. dcha.) Padres General (Javier Guerra), Provincial de San Nicolás (Rafael Mediavilla) y Vicario General (Carlos Imas).

Capitulares de la provincia de San Nicolás.   Padre Provincial de San Nicolás, Rafael Mediavilla.


Bendiciendo la mesa, antes del almuerzo.

 
El padre General plasma en el libro de honor el agradecimiento de todos.
Agasajo de la comunidad
A continuación tuvo lugar en un ambiente cercano a la sacristía la comida fraterna con que la comunidad quiso obsequiar a todos los “peregrinos”. Luego pasamos a la sala de comunidad, donde junto al “café y copa” tradicionales encontramos grandes lotes de libros. Eran los títulos más recientes de la abundante bibliografía que en estos años la comunidad ha ido dedicando a su santo patrono. Todos ellos estaban a nuestra disposición, para que cada uno escogiera cuantos títulos deseara.

El escaso tiempo restante cada uno lo empleó del modo que juzgó más oportuno. Algunos recalaron en la tienda de recuerdos, otros admiraron la fachada quattrocentesca de la basílica, otros prefirieron recrearse en la contemplación de su magnífico interior, todo él de materiales nobles, lleno de luz y de imágenes y signos agustinianos. Y tampoco faltó un pequeño grupo de inquietos que logró disponer de unos minutos para asomarse a la plaza del pueblo.


Regreso a Roma
A las 4 p.m. todos nos encontrábamos a las puertas del autobús que por Foliño, Espoleto y Terni nos devolvió a Roma. Pisábamos tierras cargadas de historia, llenas de recuerdos de los grandes santos del medioevo cristiano, desde san Francisco a santa Rita, de san Benito a las dos Claras, escenario de una pléyade de místicos, poetas y caudillos; tierras de desfiladeros y montes abruptos, de valles y colinas amables, de llanuras bien regadas y fértiles. Pero la comitiva para nada de eso tenía ojos. Seguía cautivada por el recuerdo de san Nicolás, el gigante bueno de Tolentino, que durante 30 años perfumó con sus virtudes uno de los conventos más antiguos de la Orden y recorrió incansablemente las calles del pueblo en busca de almas y cuerpos que iluminar y consolar.

Últimos reportajes
El día que llegamos
- El día que llegamos

Filipinas 400. Albañiles en la Iglesia de Dios (primera parte)

Ezequiel Moreno: el deseo incontenible

El blog de un misionero en África (nuevos capítulos)

El blog de un misionero en África

Los Encuentros de Promoción Juvenil en La Ciudad de los Niños