26 de agosto de 2004
Hoy terminé mi trabajo en Canutama. Realmente ha sido poco y muy repetitivo. Por las circunstancias, me he tenido que limitar a dar, en todas las clases de enseñanza media a un montón de adolescentes, jóvenes y adultos retrasados en el proceso académico, algunas pláticas sobre identidad personal, valores humanos y cristianos, estados de vida y espiritualidad. Variándolas de acuerdo a las edades del auditorio, he tenido que repetir más o menos tres o cuatro veces cada una de las pláticas para llegar a todos los alumnos y grupos juveniles de catequesis.
Los miembros del equipo parroquial de animación vocacional tardaron en llegar. De hecho, sólo pude reunirme con ellos dos veces. Una de ellas, con el equipo todavía incompleto, fue para hablar de la necesidad de hacer una pastoral vocacional organizada y no proselitista, pero sí evangelizadora y en comunión con todas las otras pastorales. Fue con los hermanos maristas de Canutama, con quienes almorzamos Loreto y yo.
Otra reunión, ya con todo el equipo, fue para presentar el plan de pastoral vocacional de la diócesis de Tianguá y el material de formación que hemos preparado en los últimos cinco años.
Creo que la principal dificultad para trabajar en la pastoral vocacional en estas parroquias es la falta de valores e ideales. Los jóvenes sólo pueden aspirar a disfrutar con su pareja (muchas niñas se inician, incluso, a los nueve años).
Las motivaciones tampoco pueden ser muy buenas. Hay poca fe y mucha desilusión para proyectos que prometan una mejora social. Esperanza en algo diferente, no hay ninguna. Experiencias sinceras y profundas de Dios no he visto, al menos entre la gente joven, sin compromisos afectivos, de los que se esperaría alguna respuesta al convite de Jesús.
Hablé con algunos jóvenes que se aproximaron a mí, bien por lo que habían entendido de las pláticas en las escuelas, bien porque los acompañaba ya Fr. Loreto. La mayoría sólo quería salir de este hoyo en la selva y veían en la Iglesia un buen trampolín; uno de ellos es demasiado joven como para viajar solo a Lábrea o a la casa de acogida de Guaraciaba. Tal vez de aquí a dos años, si todo continúa bien, pueda formarse en un seminario.
Los días, a pesar de no tener mucho trabajo, han pasado rápidamente. He tenido la oportunidad de convivir con Fr. Loreto y de ayudarlo un poco con las celebraciones que ha tenido que asumir solo, pues Fr. Juan Flores, su compañero, está en Colombia.
Después del almuerzo viajaré a Tapauá. 27 de agosto de 2004
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