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18 de agosto de 2004
Anoche casi no dormí. Estuve casi todo el tiempo en la proa, aprovechando el viento fresco que llegaba a mí provocado por el lento andar del “recreio” (barco de pasajeros de los ríos amazónicos) de tres pisos. Recé en silencio el rosario, esperando pasar los minutos. Después conversé con el capitán hasta bien entrada la madrugada. Cuando él fue relevado, yo me fui a dormir.

El sol no tardó en aparecer. El calor tampoco. Pero antes que la luz o que el calor, me despertó una intensa punzada en la planta del pie derecho. Era una cucaracha, pequeña, pero hambrienta; una de las decenas que caminaban por las paredes, el techo y el suelo del reducido espacio del camarote. “É o jeito” (“es el modo”) , “faz parte” (“es parte imprescindible”) , me dije a mi mismo, animándome, y volví para mi lugar en la proa, en donde recé laudes y leí un poco.

Agua caliente con leche en polvo, mucho azúcar y un poco de café; algunas galletas saladas untadas con mantequilla sin refrigerar y un plátano que me sobró de ayer y que comí, escondido, en el camarote, fue mi desayuno. Fui afortunado. Nadie más se dio el lujo de comer plátano en ese desayuno.

En la mesa todos conversaban con todos; todos se pedían la bolsa de las galletas, todos desahogaban sus dolores: la mayoría viaja a Manaos sólo por necesidad, llevando consigo alguien enfermo para ser atendido en la capital o para hacerse, ellos mismos, algún estudio médico.

Es realmente bonito ver la esperanza de esta gente que, a pesar de no tener nada y sufrir tantas limitaciones, encuentra motivos para vivir y alegría para compartir. Me uní a su alegría y jugué con ellos a las cartas. De aquí a poco llegaremos a Canutama.

Fr. Loreto me recibió con alegría y amabilidad, me convidó una cerveza (la más sabrosa de mi vida)   en la casa parroquial y luego me llevó a conocer la ciudad. Fuimos en bicicleta. En el puerto conocí a fray Enrique Giera. Él me convidó a salir a cazar. Necesitaba carne para la desobriga (viaje de atención pastoral a comunidades ribereñas) que estaba preparando.

“Ve —me dijo Loreto—, el equipo de pastoral vocacional de la parroquia está en Tapauá. Tú no vas a poder hacer nada ni hoy ni mañana, así que… ¿por qué no aprovechas y haces la experiencia?”.

Me animé. Subimos a la casa, almorcé rápidamente, preparé la mochila y embarqué con Henrique y su equipo de misioneras. Poco después de medio día ya estábamos navegando.

El barco de la parroquia que, guiado por Nazaré, una de las misioneras que acompañan a Henrique en sus desobrigas , y que aprendí hoy a dirigir, quedó atracado en la playa. Allá nos esperan ella y dona Marene, otra misionera que está con muchos años de edad y tiene un gran entusiasmo y probada paciencia.

Caminamos poco más de una hora, atravesamos en canoa una preciosa laguna y en ella pescamos nuestra cena. Después dividimos el reducido espacio de la cabaña para colgar nuestras hamacas.

Mañana será un día pesado.

21 de agosto de 2004




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