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17 de agosto de 2004
Un viento suave y fresco me da en la cara, aliviando el pesado y húmedo calor del declinar del día amazónico. Detrás de mí, en la cabina de mando, el comandante sorbe algunos tragos de café —muy cargado, pero también muy azucarado. Es la costumbre—.

Alrededor todo es lo mismo: belleza exuberante y monótona. Los árboles luchan por subir cada uno más que el otro para robar una copa a la otra un rayo de luz. La gran muralla de maleza que flanquea el río es cortada sólo por las playas, con las que los navegantes van midiendo la distancia recorrida.

Del otro lado están los barrancos que la fuerza del agua va formando, llevando consigo toneladas de tierra y a los gigantes que en ella reposan. Éstos son el terror de los balseros, pues uno de sus brazos, escondido bajo el agua, puede llevar consigo los cascos de las embarcaciones y la vida de los viajeros.

En tierra se prepara una sinfonía: aves, ranas, sapos, grillos y otros animales solfean, afinando sus gargantas e instrumentos. Los sonidos de la naturaleza ya han comenzado a competir con el ruido del motor del barco. Más tarde, cuando el sol haya terminado de ocultarse y su rojo intenso se haya diluido en la bruma del Purús, y sólo el condensado haz de luz del holofote (foco) corte la profunda oscuridad de la noche cerrada y sin luna, en la busca incansable de obstáculos traicioneros en la corriente de agua. El hueco ronronear del motor diesel que nos mueve habrá dejado de ser el centro de nuestras atenciones. La naturaleza se habrá impuesto con sus melodías y ritmos tan aparentemente discordantes pero tan profundamente armónicos: Toda ella, al unísono, cantará al Creador.

A babor, un cardume (banco de peces) entero salta fuera del agua intentando huir del boto (delfín de agua dulce, temido por los caboclos —mestizo de indio y europeo— y mitologizado por las caboclas como progenitor de los niños sin padre conocido), que salta detrás de él, intentando conseguir su cena. A estribor, una joven mamá, preocupada, impide a su niña asomarse para fuera del barandal que la separa del misterioso fondo del peligroso Purús. En la popa, la tripulación come los primeros y más nutritivos platos de caldo de pescado, antes de dejar a los pasajeros la restante agua caliente con grasa de pescado y harina de mandioca . Menos mal que Fr. Rogelio, ya experto en estos viajes, mandó preparar para mí un par de bocadillos de huevo revuelto.

Detrás de mí ha quedado, ocultada entre las innúmeras curvas de este afluente amazónico, la ciudad de Lábrea, sede da Prelatura presidida por Fr. Jesús Moraza, con quien mi obispo, Fr. Javier Hernández, se ha comprometido a compartir las experiencias del equipo diocesano de pastoral vocacional de Tianguá y los frutos de nuestro trabajo en la recapitulación y creación de material formativo para los agentes de la pastoral vocacional y los jóvenes evangelizados y acompañados en esta pastoral.

A Lábrea ha sido destinado el padre Herlando, diocesano, ordenado por monseñor Hernández hace poco más de un año. Llegamos juntos a Lábrea el día 11, en el pequeño avión turbo-hélice pero, como no había barco para continuar mi viaje hasta Tapauá, y como no podía estar sin hacer nada hasta el día 17 que salía el barco para Canutama, colaboré con él en la exposición de algunas ponencias sobre identidad humana y valores cristianos para los jóvenes del “Centro Esperança” (Centro Esperanza) .

Asistí también al encuentro vocacional programado por el equipo de la parroquia, que consistió básicamente en exponer, en talleres, todos los estados de vida. Presidí algunas celebraciones en la catedral y acompañé con la guitarra al coro de niños que animó la misa presidida por Herlando en “Prainha” (Playita) , la primera comunidad del interior de Lábrea. Pero, además de convivir con Fr. Manuel Lipardo e Fr. Rogelio, disfrutar de su compañía y aprender de sus experiencias —por lo que ya justifiqué mi estancia en Lábrea—, no pude hacer nada más.

De hecho, Herlando realizaría en los próximos días lo que tengo programado hacer en Canutama y Tapauá: formación para los acompañantes vocacionales y participación de nuestro proyecto diocesano y nuestro material de formación.

Anocheció. El capitán me ha pedido amablemente que cierre la puerta de mi camarote —situado detrás de la cabina de mando—, pues la luz lo encandila. A su frente reina la oscuridad.

Con todo y ventilador, el calor es insoportable. Abro la puerta. Apago la luz.

18 de agosto de 2004



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