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| Algunos de los miembros de las comunidades de Guaraciaba y Fortaleza, en el nordesde de Brasil (Estado de Ceará). Entre ellos está Gerardo, el autor de este reportaje. La Provincia de San Nicolás de Tolentino abrió ambas comunidades como alternativa a la Misión de Lábrea y como lugar propicio para el trabajo vocacional. |
10 de agosto de 2004
Fue larga la espera; el avión llegó a Fortaleza (capital del estado de Ceará, en el nordeste de Brasil) con más de cuatro horas de retraso, y todavía esperamos media hora para que liberasen nuestro embarque. Por fin salimos. Era un vuelo de la VASP (Viaturas Aéreas de São Paulo) compañía que un pasajero bautizó, con mucho tino, como “Viaturas Aéreas Sem Pressa”.
El Padre Herlando no pudo disimular su nerviosismo en todo el viaje. No había dicho nada al respecto, pero su semblante pálido y su sudar frío —ya conocen el exagero de los climas artificiales de las aeronaves— denunciaban que no lo estaba pasando bien.
— “Qué hay, Herlando —rompí el silencio— ¿Estás nervioso?”
— “No, no... Bueno, no mucho”.
— “¿Es tu primera vez?” —Sonreí automáticamente—.
— “Sí, frei (apelativo popular para los religiosos)”, —me responde sin poder disimular que se ha molestado por mi sonrisa—. Pero no me había reído de él, sino que recordé un chiste en el que el pasajero respondía a su interlocutor: “No; ya he estado nervioso un montón de veces”.
El viaje fue largo y, para mis oídos, un tormento. Pequeño como era el avión que nos llevaba, en cada uno de sus seis aterrizajes de escalas su descompresión me hacía sentir explotar mis tímpanos. Posar en Manaus fue, sin duda, un gran alivio para Herlando y para mí, después de ocho horas de viaje, tres bocadillos de pan refrigerado y una finísima rebanada de queso tipo americano, insípido y seco.
Pasada media noche, poco después de nuestro desembarque, nos recogieron en el aeropuerto Fr. Miguel Pérez Catalán y Fr. Javier Jiménez García-Villoslada, que estaba en Manaos para arreglar sus documentos. Después regresará a Tapauá. Con él estaré casi todo el mes de septiembre.
Hace calor. El asfalto de la ciudad lo alimenta. La humedad es alta y el sudor constante. He salido poco a la calle, pero el paseo que dimos con el párroco por el centro y por las capillas de las comunidades fue suficiente para que pudiésemos percibir que tan extremadamente ingratos como el clima son los problemas sociales inmersos en las chabolas de madera que crecen invadiendo los igarapés (pequeños ríos) de la ciudad. “Manaus é uma favela só. Aqui não há bairros chique” (Manaos es un simple suburbio. Aquí no hay barrios ‘pijos’), sentenció Fr. Miguel cuando le pregunté si “Cachoeirinha” (“Cascadita”, nombre del barrio donde se encuentra la Parroquia de Santa Rita de Manaos) era un barrio ‘bien’.
En la tarde salimos con Fr. Javier a conocer el teatro de la ópera, que ha sido rehabilitado recientemente. Mañana saldremos a Lábrea. Iremos en un “Bandeirantes”, avión de doble turbo-hélice Embraer de fabricación nacional.
17 de agosto de 2004
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