Cura a una endemoniada
“Yo conozco una señorita de Hipona que, habiéndose frotado con el aceite en que el sacerdote que oraba por ella había mezclado sus lágrimas, fue al instante librada del diablo. Sé, además, que lo mismo acaeció a un muchacho la primera vez que un obispo, sin haberlo visto, oró por él”(41).
La anécdota la cuenta san Agustín en La Ciudad de Dios, sin identificar a los personajes. Es la Leyenda la que se encarga de atribuirle la curación al propio Santo: “No cabe duda, dice, de que en ambos casos el autor de los milagros fue él [Agustín], aunque por razones de humildad no quisiera declarar esa circunstancia”(42). Es lo que aquí plasman los artífices del arca. El Obispo de Hipona, de pie, se apresta a realizar el exorcismo. Ante él está la posesa, sujeta por cuatro mujeres. Por más que esté de rodillas, no manifiesta respeto ni devoción: retuerce el cuerpo y vuelve la cabeza, al tiempo que saca la lengua.
41 De Civ. Dei XXII, 8, 8 PL 41, 765.
42 VORÁGINE, p. 541.
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