Libera a un prisionero. Lo lleva a beber al río
“El marqués de Malaspina había metido en la cárcel a varios caballeros de Pavía y, para extorsionarlos y sacarles grandes cantidades de dinero, prohibió a los carceleros que les suministraran ni una sola gota de agua. La sed que sentían los desgraciados prisioneros era tan ardiente que algunos de ellos estaban a punto de exhalar su último suspiro y otros, no pudiendo soportarla más, llegaron a beber sus propios orines.
Uno de los encarcelados, joven de edad y muy devoto de san Agustín, un día comenzó a rogar al santo que viniera en su auxilio. Aquella misma noche, hacia las doce, san Agustín se apareció a quien tan devotamente lo había invocado, se acercó a él, lo asió de la mano derecha, lo sacó de la prisión, lo condujo hasta la orilla del río Gravelón y, formando con una hoja de parra una especie de cuenco, proporcionó a su sediento devoto cuanta agua quiso beber; y, de este modo, el que momentos antes estaba a punto de beber su propia orina para mitigar su sed, sintióse tan aliviado que, aunque en aquel momento le hubiesen dado de beber una copa del néctar más exquisito, no hubiera bebido ni siquiera una gota de él”(39).
El artista sigue paso a paso el relato de Santiago de la Vorágine. En el primer panel vemos al prisionero, ya fuera de la cárcel y arrodillado ante el Santo, que le ha quitado las esposas. En el segundo encontramos a los dos ya junto al río, del que Agustín invita a su devoto a beber(40).
39 VORÁGINE, p. 545.
40 Sacchi no entra en concreciones: se limita a decir que Agustín libera a un prisionero y lo devuelve a su casa (Cf. Agostino e la sua arca, p. 34). Majocchi, por su parte, reconoce que no consigue identificar en concreto la escena (cf. pp. 46-47).
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