Bautismo y vestición de hábito
“También Alipio quiso renacer en ti junto conmigo… Le asociamos [a Adeodato] como coetáneo nuestro en tu gracia para educarlo en tu doctrina. Recibimos el bautismo y huyeron de nosotros las inquietudes de la vida pasada”(27).
Se funden en una las dos escenas: el bautismo y la vestición monástica del Santo. El hecho tal del bautismo no aparece aquí de forma explícita(28), aunque sí está la pila bautismal y, alrededor de ella, los personajes mencionados en las Confesiones: Ambrosio, Agustín, el niño Adeodato y Alipio. Por primera vez, la aureola del Santo es redonda: Agustín ya es cristiano.
Curiosamente, en vez de las aguas bautismales, Agustín recibe de manos de Ambrosio el hábito monástico, con su capucha. Luce, además, en la cabeza el cerquillo típico de los monjes. Por más que al ojo crítico le parezca un anacronismo flagrante, se basa esta escena en leyendas que en la Edad Media tuvieron mucho pábulo(29); y expresa, cuando menos, la continuidad existente entre el bautismo y la consagración a Dios en la vida religiosa.
Al margen, aparecen las figuras de san Simpliciano, de pie, y santa Mónica, de rodillas, ambos aureolados. Su presencia da a entender que los dos tomaron parte en el proceso cuya culminación recoge la escena.
27 Ib. IX, 6, 14 (p. 284).
28 Eso fue, seguramente, lo que le despistó a Sacchi, que ve en esta escena la toma por parte de Agustín del vestido propio de catecúmeno. Por eso hace ara lo que es pila bautismal y deja sin identificar a Adeodato. Así lo recoge, tal cual, Agostino e la sua arca, p. 32.
29 Los Sermones ad fratres in eremo, por ejemplo, durante siglos atribuidos a san Agustín y, por eso, sumamente influyentes, ponen en boca del Santo el recuerdo de esta escena: “Cuando, a mis 30 años, el santo padre Ambrosio me regeneró en Cristo, dijo, respondiendo a una pregunta mía: —‘Pensad, hermanos, cuán reprensible sería que, bajo el hábito monástico que vestís, ocultarais la soberbia o la lujuria’”: Sermón 27 PL 40, 1282d.
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