Visita a Simpliciano. Escena del "Tolle, lege"
“Entonces me sugeriste la idea… de acudir a Simpliciano… A mis oídos había llegado la referencia de su vida piadosísima, consagrada a ti desde la juventud. En la actualidad era ya un anciano… Me dirigí, pues, a Simpliciano, padre, según la gracia, de Ambrosio… Le conté todas las alternativas de mi error… A partir del momento en que tu siervo Simpliciano concluyó su relato sobre Victorino, ardí en deseos de imitarle. Tal era el objetivo que se había propuesto Simpliciano al contarme el caso de este hombre”(25).
“De repente oigo una voz procedente de la casa vecina, una voz no sé si de un niño o de una niña, que decía cantando y repitiendo a modo de estribillo: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”. En ese momento, con el semblante alterado, comencé a reflexionar atentamente si acostumbaban los niños en algún tipo de juegos a cantar ese sonsonete, pero no recordaba haberlo oído nunca. Conteniendo, pues, la fuerza de las lágrimas, me incorporé, interpretando que el mandato que me venía de Dios no era otro que abrir el códice y leer el primer capítulo con que topase… Así pues, me apresuré a acudir al sitio donde se encontraba sentado Alipio. Allí había dejado el códice del Apóstol cuando de allí me levanté. Lo cogí, lo abrí y en silencio leí el primer capítulo que me vino a los ojos: ‘Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias’ (Rom 13, 13-14). No quise leer más ni era preciso. Al punto, nada más acabar la lectura de este pasaje, sentí como si una luz de seguridad se hubiera derramado en mi corazón, ahuyentando todas las tinieblas de mi duda”(26).
Se representan aquí dos escenas. A la izquierda, Agustín se entrevista con Simpliciano, que aparece con halo de santidad y vestido de monje dentro de una ermita. Este ilustre sacerdote milanés es quien, en las Confesiones, informa a Agustín de la evolución espiritual de Mario Victorino y, con el ejemplo de éste, le impulsa a la conversión.
La conversión, justamente, es lo que se escenifica a la derecha. Un Agustín con cara de circunstancias, sentado a la sombra de un árbol, oye la invitación “¡Toma y lee!”, y se vuelca sobre el libro de las cartas de san Pablo. Es de notar que, en el relato de las Confesiones, Agustín oye la cantinela ‑en apariencia, casual‑ de unos niños; aquí, el artista subraya el origen divino de la sugerencia dando entrada a un ángel que trae el libro.
25 Ib., VIII, 1, 1 (p. 236); 2, 3 (p. 238);5, 10 (p. 246). Cf. De Civ. Dei X, 29, 2 PL 41, 303-304.
26 Conf. VIII, 12, 29 (pp. 267-268).
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