Entre el auditorio de Ambrosio
“Sus elocuentes sermones [de Ambrosio] proporcionaban generosamente a tu pueblo la flor de tu harina, la alegría de tu aceite y la sobria embriaguez de tu vino. Yo ponía todo mi interés en escucharle cuando hablaba al pueblo… Estaba pendiente y suspenso de sus palabras… Disfrutaba asimismo de la suavidad de su discurso…”(23).
“[Mónica] acudía con mayor entusiasmo a la iglesia, quedando extasiada ante los labios de Ambrosio como ante un surtidor de agua viva que brota hasta la vida eterna. Amaba a aquel hombre como a un ángel de Dios…”(24).
El joven Agustín escucha a san Ambrosio, obispo de Milán, que está predicando, con gesto elocuente; nótese la aureola de uno y otro. Acompaña a aquel, seguramente, su amigo Alipio, que sería el personaje que se sienta a su derecha. Muy posiblemente está representada también santa Mónica, en la mujer que se cubre la cabeza al pie del púlpito.
23 Ib.
24 Ib. VI, 1, 1 (p. 164).
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