|
|
Entrevista al obispo de las
misiones más antiguas de la Orden

 |
 |
Cartel de Pastor Paloma OAR (1991).
|
Con versos encendidos como éstos evocaba el recoleto Serafín
Prado la emoción de san Ezequiel a la vista de Los Llanos
de Casanare; una emoción que todos sus hermanos de hábito
compartirán siempre, dado el arraigo que esta misión tiene
en la historia de la Orden.
Desde que, en julio de 1662, la Real Audiencia de Bogotá
encomendara a los candelarios las misiones del Oriente
colombiano, Casanare ha sido siempre parte integrante
y la más preciada del patrimonio de la Orden en Colombia.
Desde que san Ezequiel Moreno pone pie allí para restaurar
la provincia de La Candelaria, se esfuerza al máximo en
recuperar estas misiones. A fines de 1890 lleva a cabo
una gira de cuatro meses; una gira de reconocimiento que
le sirve también para dar a conocer en la prensa nacional
lo que entonces era un rincón perdido del país. Gracias
a lo cual, Casanare se convierte en 1893 en la primera
jurisdicción eclesiástica misional de Colombia, y san
Ezequiel en el primer Vicario Apostólico de Casanare.
El Santo fue obispo de Casanare menos de dos años. Pero
a él le sucedió otro agustino recoleto, el padre Nicolás
Casas. Y, tras él y hasta el presente, todos los obispos
han sido recoletos. El último de ellos, monseñor Olavio
López, vio con claridad que lo que venía siendo territorio
misional había llegado a la madurez, y el Vicariato podía
hacerse diócesis formal. En octubre de 1999 consiguió
de la Santa Sede que, con parte del territorio casanareño,
se creara la diócesis de Yopal. El resto formaría el Vicariato
Apostólico de Trinidad, con sede en la población de este
nombre.
Al
año siguiente, concretamente el 24 de noviembre de 2000,
se dio a conocer el nombramiento del primer obispo Vicario
de Trinidad. Era el padre Javier Pizarro, también agustino
recoleto. Había nacido en Medellín en 1951 y, a lo largo
de su vida religiosa, se había dedicado principalmente
a la formación de los jóvenes aspirantes. Lo mismo que
san Ezequiel, fue consagrado en la catedral de Bogotá,
el 27 de enero de 2001, para tomar posesión de su sede
en Trinidad el día 11 de febrero. Con él conversamos.
—Monseñor, ¿cuántos habitantes tiene el Vicariato
de Trinidad? ¿qué tipo de población es?
En
su mayoría, los pobladores de esta zona son llaneros autóctonos
que se han ido mezclando con colonizadores venidos del
interior del país. Se calcula que la población aproximada
puede llegar a los 75.000 habitantes, para una extensión
de más de 27.000 km2, bastante mayor que la de la Comunidad
Valenciana.
En el Vicariato hay también una cierta población indígena.
De hecho, contamos con dos reservas indígenas: la de El
Duya, en el municipio de Orocué, y la de Caño Mochuelo,
en Paz de Ariporo y Hato Corozal. Son en total ocho etnias
distintas, aunque procedentes todas, probablemente, del
tronco común de los guahivos.
— ¿Cómo está organizado el territorio, tanto en
lo civil como en lo eclesiástico?
A la vista de los datos que acabo de dar, es claro que
nuestra población está sumamente dispersa. En todo nuestro
territorio sólo hay cuatro municipios enteros, más parte
de otros tres. Cada municipio se compone del pueblo propiamente
tal, lo que llamamos “la cabecera”, y multitud de agrupaciones
de casas desparramadas por los campos, lo que en Colombia
se llama “veredas”. Por ejemplo, el municipio más poblado
es el de la sede eclesiástica, Trinidad. Pues bien, la
cabecera de Trinidad no tiene más de 7.000 habitantes.
El resto de la población, hasta un total de 15.000, se
reparte en unas 50 veredas o comunidades veredales.
Nuestro Vicariato Apostólico de Trinidad se compone de
seis parroquias que suman todas juntas cerca de 190 veredas.
Las atienden, además del obispo, otros ocho sacerdotes
recoletos y dos diocesanos. Con ellos colaboran otros
agustinos recoletos: un hermano no clérigo y, esporádicamente,
varios jóvenes en fase de formación.
Aportan también lo suyo en el desarrollo pastoral cuatro
comunidades religiosas femeninas: las Misioneras Agustinas
Recoletas y las Religiosas de la Presentación, que atienden
sendos internados; y, ya en áreas más particulares, las
Religiosas de la Madre Laura -recientemente beatificada-
y las Hermanas Marianitas. Además, están también los Hermanos
de la Salle, que tienen un colegio en Orocué.
—¿Hay buenas comunicaciones, por lo menos?
No podemos decir que siempre sean buenas. Existe una vía
central que comunica a Yopal, la capital del departamento,
con San Luis y Trinidad; son 115 Km., de los cuales 13
aún están sin pavimentar. La comunicación entre Yopal
y Maní se hace a lo largo de 50 Km. en excelente estado.
De las cabeceras municipales hacia el interior del Llano
las vías son caminos en muy malas condiciones de mantenimiento,
que se vuelven casi imposibles de transitar durante la
época de lluvias -desde Abril hasta Noviembre-. En esos
meses se hace uso de las vías fluviales, que son numerosas;
pero no se puede llegar por este medio a todos los rincones
de la geografía. Esta gran dificultad hace que escasee
la presencia del sacerdote en muchas comunidades veredales.
—Según esto, la actividad apostólica no ha de
resultar nada fácil: ¿cómo consiguen atender a una población
tan dispersa?
 |
 |
En una correría, posa con los recién
casados
|
Sirviéndonos de lo que llamamos “correrías”. Durante dos
épocas al año, los sacerdotes se distribuyen por rutas.
La gente previamente avisada los espera con ansia, y en
día y medio de trabajo el ministro despacha de un solo
plumazo bautismos, confesiones, primeras comuniones, matrimonios
y aun confirmaciones. La reunión comienza en las horas
de la tarde, se hace la catequesis de adultos y se termina
con el rezo del santo rosario. Al día siguiente bien temprano,
catequesis para niños, celebración de la santa misa… y
compartir con los campesinos el suculento plato en el
que las aves de corral siempre llevan las de perder. Así
se ha hecho famoso el refrán: “Cuando llega el misionero,
revolotea el gallinero”. Luego se pasa a otra vereda,
y así sucesivamente durante 20 días o un mes.
—Monseñor, sabemos de la aparición, estos últimos
años, de dos fenómenos que rompen la imagen idílica que
teníamos de Casanare: nos referimos al petróleo y a la
guerrilla. ¿Qué nos puede decir sobre ello?
Fue
durante la época de monseñor Olavio López (1977-2001)
que comenzó en serio el progreso de Casanare. A él le
tocó ver la llegada del alumbrado público, la telefonía,
la pavimentación de las carreteras, el boom petrolero,
el crecimiento de las plantaciones de arroz, la industria.
Con la aparición del petróleo, la región entra en una
etapa de modernización y desarrollo, aunque se generan
también todos los problemas y conflictos que estos procesos
traen consigo. Uno de ellos, y el más visible, ha sido
el de la violencia generalizada -guerrilla y paramilitares-,
que se introdujo desde el año 1986 y que ha generado un
sustrato económico bien diferente al que se podría suponer:
campesinos desplazados, comerciantes y ganaderos obligados
a pagar un impuesto de guerra, disminución de las regalías
petroleras a los municipios por causa de la frecuentes
voladuras de los oleoductos…
 |
 |
En primera fila (con gorra azul),
en una manifestación a favor de la paz.
|
En el Vicariato es permanente la presencia de los grupos
paramilitares, que se han constituido en autoridad en
la región, controlan la entrada y salida de la gente,
de los productos, de la venta de animales etc. Así mismo,
se presenta el fenómeno del desplazamiento forzado por
causa de la violencia armada. Todo esto ha hecho que se
merme ostensiblemente la generación de empleo, trayendo
como consecuencia la disminución del ingreso per capita
y el aumento de la pobreza generalizada de los habitantes.
—¿No se ha experimentado, al mismo tiempo, un
fuerte crecimiento de las sectas religiosas?
Así es, en efecto. En este mismo período, las sectas se
han desarrollado muchísimo. Se multiplican a granel, invaden
hasta las regiones más apartadas y son de la más variada
gama de nombres. Han creado una gran confusión doctrinal
en las mentes de los campesinos, a quienes después del
lavado cerebral correspondiente, los envenenan y los vuelven
agresivos contra los católicos. A la base de todo este
problema está la falta de presencia continua de los evangelizadores
católicos. La gente tiene necesidades espirituales, y
las sectas llenan el espacio que nosotros no hemos sido
capaces de cubrir. Éste es verdaderamente uno de los grandes
retos que tendremos que afrontar en los años venideros.
—Tenemos entendido que una de las prioridades
de la acción social del Vicariato es la educación de los
jóvenes.
Esto ha sido una constante de la actividad de la Iglesia
en Casanare. Monseñor Arturo Salazar (1965-1976) abrió
escuelas por cuantos rincones podía y las dotó de maestros
cualificados en el campo religioso. Monseñor Olavio, su
sucesor, promovió la construcción de un centro educativo
en Yopal, además del centro catequístico de Santiago de
las Atalayas.
Los niños y jóvenes con edades comprendidas entre los
8 y 16 años, estudian primero en sus propias veredas hasta
acabar la primaria. Pero, al no tener allí centros de
educación secundaria, deben acudir a núcleos más grandes,
con el consiguiente gasto para sus padres, que no siempre
pueden permitírselo. De ahí que muchos de ellos no tengan
acceso a la educación secundaria, por falta de recursos
económicos, y se conviertan en presa fácil para los grupos
armados. Esa es la razón de que hayamos ido incrementando
el apoyo a los internados, que dirigen las religiosas.
Los internados, en esta parte del país, son una de las
formas de solución al problema educativo de la juventud.
—Junto con la educación de la juventud, ¿no será
otra de sus prioridades la promoción de la mujer?
Ciertamente, así es. Nos preocupa mucho la vida de familia,
sobre todo las madres solteras o los hogares rotos -frecuentemente,
por culpa del alcohol-. Estamos estudiando cómo ayudar
de la mejor manera posible a las madres cabeza de hogar,
de forma que puedan allegar recursos para el sostenimiento
de sus familias. La idea es poder en un futuro construir
un lugar donde funcionen talleres de modistería, bordados,
cocina, artesanías etc.
—Hablando de prioridades, y vista la escasez de
operarios evangélicos, ¿no será la de las vocaciones la
primera de las urgencias?
En este punto, el panorama es esperanzador. Debo bendecir
a Dios por el regalo de vocaciones sacerdotales para el
Vicariato. En estos dos últimos años nos hemos visto beneficiados
con la llegada de varios aspirantes a la vida sacerdotal.
Como exigencia básica, les estoy pidiendo que vengan a
vivir un año con nosotros, antes de ingresar al seminario.
Así tengo la oportunidad de conocerlos un poco mejor y,
a su vez, ellos conocen y perciben el alcance del servicio
sacerdotal al que aspiran. Son en total seis seminaristas:
cinco en teología y uno en filosofía. Además, hay otros
siete jóvenes que llegaron nuevos este año para empezar
la experiencia de conocernos, viviendo en una de las parroquias.
Preocupado también por la falta de presencia de Iglesia
en varios rincones de esta ardua geografía, hemos conseguido
que cinco jóvenes pertenecientes al movimiento “Corporación
de Misioneros Laicos”, vengan a colaborar con nosotros
en la catequesis, al menos por un año.
—Monseñor, usted es agustino recoleto y el representante
de la presencia secular de su Orden en estas tierras.
¿Qué queda en Casanare de sus hermanos de hábito? ¿Cómo
han encarado la creación del Vicariato de Trinidad?
En
estas regiones, los agustinos recoletos lo han sido todo:
padres, maestros, paño de lagrimas, consuelo en las horas
difíciles, arquitectos y albañiles de iglesias, escuelas,
puentes y caminos. Aquí se han escrito muchas de las más
importantes páginas de la historia candelaria, y a “los
Padres” se les quiere, se les respeta, se les recuerda
con cariño. El agustino recoleto todavía tiene un puesto
en las misiones que ellos mismos construyeron y que sabiamente
no quisieron abandonar cuando ya se sabía que se estaba
gestando una nueva diócesis.
La división del territorio casanareño en dos nuevas jurisdicciones
eclesiásticas, no supuso para los frailes mayor dificultad
a la hora de escoger en cuál quedarse. El lema de su vida
era claro: “Vamos adonde la Iglesia nos necesita”. La
zona menos desarrollada era nuestro natural hábitat misionero.
Se trata ahora de continuar la invaluable labor de nuestros
mayores, seguir escribiendo en el libro dorado las nuevas
gestas de héroes revestidos con la coraza de la Nueva
Evangelización. Son otros tiempos y otras situaciones,
pero el deseo de llevar a los sitios más recónditos el
mensaje de salvación sigue vivo en la conformación genética
de los agustinos recoletos. Las nuevas generaciones de
frailes no podrán ser inferiores a los llamados del Espíritu
y con tesón misionero seguirán dando lustre a la amada
Orden que los ha engendrado.
—Y, finalmente, respecto a la celebración del
IV Centenario de la Recolección colombiana, ¿está teniendo
o va a tener alguna repercusión aquí, en el Vicariato?
Amén de las diferentes programaciones litúrgicas, culturales
y literarias que cada una de las parroquias está elaborando,
lo más importante es palpar el fervor misionero que se
ha despertado entre los religiosos en período de formación.
Antes he aludido a que algunos de ellos colaboran en varias
de nuestras parroquias. Su presencia como colaboradores
de los veteranos, hace soñar desde ahora con una buena
camada de misioneros que seguirán los pasos de quienes
antes se entregaron, con la sencillez de su vida, a las
gentes de estas tierras. Tengo el firme convencimiento
de que su presencia y su trabajo, sobre todo con los jóvenes,
será causa de nuevas vocaciones a la vida religiosa y
sacerdotal.
Que Dios le oiga, monseñor, y le premie así la entrega
generosa de tantos misioneros a lo largo de los siglos.
Es lo que a Él le pedimos en pago por su amabilidad al
atendernos.
|
|
|