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José Luis Azcona, agustino recoleto y obispo emérito de Marajó, Brasil: “El tráfico de personas es un tumor mundial”.


José Luis Azcona, agustino recoleto y obispo emérito de Marajó, Brasil: “El tráfico de personas es un tumor mundial”.
12-08-2017 Brasil
La historia del agustino recoleto José Luis Azcona (Pamplona, España, 1940) tiene un gran significado y compromiso como referente de la lucha contra el tráfico de personas y la explotación sexual comercial infantil, especialmente a partir de su trabajo pastoral en la Isla de Marajó, en Pará (Brasil).
Nombrado obispo por san Juan Pablo II en 1987, José Luis Azcona ha permanecido en la Prelatura de Marajó (Pará, Brasil) hasta su renuncia al gobierno pastoral por motivos de edad el año pasado. Como obispo emérito acaba de participar de una reunión promovida por la Comisión Episcopal Pastoral para la Acción Social Transformadora de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), en Brasilia, encuentro que ha terminado el pasado martes 1 de agosto.

Sus denuncias y compromiso social han hecho que sea una de las personas amenazadas de muerte por las mafias y organizaciones delictivas que ven en las personas una mercancía que se pode usar y vender. Aún después de haber entregado su renuncia, continúa viviendo en Marajó, la isla fluvial situada en la desembocadura del Amazonas.

Allí, en Brasilia, concedió esta significativa entrevista a la sala de prensa de la CNBB.


¿Cómo está hoy el tráfico de personas en Brasil?

La pregunta no es fácil de responder, porque los datos estadísticos oficiales no son confiables dada la dificultad de extraerlos de un modo objetivo y científico; se trata de una realidad en sí misma oculta, secreta, en cuyo secreto está precisamente el éxito perverso de las organizaciones que se dedican a esta actividad.

De forma general, se podría decir a mi modo de ver que el tráfico de personas continúa de la misma forma, tal vez incluso incrementado por la impunidad y la infiltración, cada vez más intensa, de las autoridades, con cierta connivencia del poder con ese tipo de organizaciones perversas, así como por la falta de responsabilidad de la misma sociedad. Se trata de aquello de “mirar para otro lado”, cuando la realidad es que el tráfico humano es muy evidente.

Me parece importante destacar que esto no pasa solo en Pará o en la Amazonia. Este fenómeno se evidencia con toda claridad en muchos otros lugares. En un vistazo panorámico rápido, no hay mucha diferencia entre San Luis de Marañón o Pará. En Ceará, de la ciudad de Fortaleza salen constantes expediciones de mujeres para Italia o Eslovenia con una inequívoca intención de tráfico humano para servicios sexuales.

En Fortaleza también se verifica la explotación sexual comercial infantil, no como tráfico para el exterior, sino presente como lugar de recepción de turismo sexual. Si continuamos hacia el sur, resulta que en Recife las cosas no son muy distintas; en los estados de Bahía y Río de Janeiro, igual. Y no solo es algo que ocurre en el litoral brasileño, porque en el interior del país, en las carreteras hay tráfico humano.

Me acuerdo muy bien cuando, por ocasión del año en que el tráfico humano fue tema central de la Campaña de la Fraternidad, me invitaron a hablar en una diócesis determinada antes los equipos pastorales, clero y laicos, sobre el tema. Cuando acabé, una mujer se levantó y dijo:

“Todo eso que usted ha contado pasa aquí también, entre nosotros, no es necesario irse hasta Marajó o la Amazonia. Aquí pasa. Aquí hay grupos organizados que envían jóvenes para explotación sexual tanto al norte de Brasil como al extranjero. Y en esos grupos hay personas que van a misa todos los domingos. Me gustaría muchísimo que asumamos con mucha seriedad esta Campaña de la Fraternidad, especialmente por parte de todos os párrocos y sacerdotes”.

Mi respuesta a su pregunta tiene que ser, por eso, genérica, pero suficientemente clara para decirle que la situación de riesgo gravísimo de sufrir tráfico en que están muchas mujeres y jóvenes de ambos sexos es evidente y es un peligro real.


¿Puede trazarse un perfil de la persona que trafica con seres humanos?

No, no podría trazar ese perfil. Claro que hay en un ámbito internacional mafias y sus jefes, organismos internacionales que tienen un inmenso poder económico e influencia en poderes políticos y judiciales, sobre diputados y empresarios, desde un lugar privilegiado del poder.

Basta ver noticias para, por ejemplo, descubrir que en Estados Unidos algunas autoridades, incluso se habla de expresidentes, están o estuvieron envueltos en el tráfico de personas, especialmente de menores para actividades sexuales. Probarlo no es siempre posible, pero hay ese “soniquete” de sospecha recurrente y continuada de que puede haber grandes autoridades envueltas.

Otro ejemplo lo tenemos en Inglaterra, con presentadores famosos de televisión o mafias que ofrecían determinados servicios a miembros del Parlamento. En realidad es un fenómeno mundial, una plaga; lo que parecía un problema brasileño o incluso tan solo amazónico es en realidad un tumor que amenaza a toda la humanidad, que está delante de nosotros.

Por eso es muy difícil pensar en un perfil claro y conciso, directo, del traficante. Yo, al menos, no podría.


¿Y qué motivaciones pueden tener las víctimas para caer en esas redes?

Me acuerdo de una entrevista que hizo la Globo, en 2010, en un municipio de Marajó, donde fui obispo durante 30 años. La pregunta no era propiamente sobre el tráfico humano, sino sobre prostitución. El periodista le preguntó a una chica de 16 años:

— “¿Por qué te prostituyes? ¿Tus padres pasan hambre o están parados?”

Ella respondió:

— “Mis padres trabajan, tenemos una familia que no pasamos hambre, estamos bien. Pero claro, a mí me gusta tener determinados perfumes, zapatos, ropas, y por eso hago esto”.

Detrás de la respuesta de esa adolescente está esa ideología sembrada por los medios y las redes que presentan el mundo femenino siempre ligado a la exterioridad de la belleza material y nada más. Esto, comprobadamente, es parte de los motivos de que haya un tráfico humano y víctimas que a veces entran en él sin apenas mostrar disconformidad.

Pero más fuerte que todo eso es, realmente, la necesidad de sobrevivir. La población realmente está necesitada. Uno de nuestros municipios, Melgas, tiene el índice de desarrollo humano (IDH) más bajo de Brasil; y otros dos de nuestros municipios están situados entre los diez más pobres de Brasil.

Mujeres, sobre todo mujeres, salen de Marajó porque necesitan sobrevivir, no tener hambre. Además se trata de una región donde hay mucha injusticia, distribución muy desigual de la riqueza, una especie de desempleo estructural por falta de una red de economía productiva, y al final muchas mujeres tienen como motivación principal única el poder sobrevivir o incluso salir de ese infierno que es, muchas veces, Marajó.

Por otro lado, también hay muchas mujeres que entran en esos submundos sin ser directamente traficadas o engañadas. Tienen baja educación, ningún tipo de preparación para integrarse en el mundo laboral, y están culturalmente cerradas a una visión machista que las esclaviza sin casi oposición. Incluso tenemos motivaciones más asombrosas como conocer el mundo, el primer mundo, saber cómo es vivir teniendo un coche o una casa


¿Y sobre los niños, qué diría? ¿Cómo es la relación entre el mundo infantil y el mundo del tráfico?

Sé bien que en Marajó hubo y, posiblemente, sigue habiendo, tráfico de niños y niñas hacia Francia a través de la Guyana Francesa para la venta de órganos.

Otra realidad es sobre el tráfico de niños antes incluso de nacer. Se hace a través de Surinam. Estas organizaciones buscan mujeres bellas y con buena salud con las que hacen un contrato; a cambio de entre 20.000 y 25.000 reales brasileños (de 5.500 euros a 6.700 euros), se trasladan a Surinam donde se quedan embarazadas de un hombre que conocerán en el momento oportuno. Tras el parto, durante dos o tres años cuidan del crecimiento del bebé, hasta que finalmente lo entregan sin saber su destino final y vuelven a su comunidad de origen en Marajó.


¿Cómo se vive amenazado de muerte? ¿Tiene miedo?

El miedo me ha acompañado durante años. A veces, al salir de mi cuarto para ir a la capilla, por las mañanas, pienso que detrás de la puerta puede estar mi asesino. Durante meses tuve ese pensamiento. En el pasillo entre el cuarto y la capilla hay una pequeña baranda a cielo abierto, y al pasar siembre pensaba que de esa dirección podía venir la bala desde un rifle apuntando hacia mí. Y muchas veces, visitando comunidades o andado por ahí, el pensamiento de la muerte me aparece.

Creo que es un pensamiento saludable, porque en mi caso el miedo no ha creado un sentimiento de angustia o de ansiedad. Dios me ha dado la paz suficiente para enfrentarme con reflexión y con sinceridad a esta situación de amenaza permanente.

En la zona donde vivo la comunicación es eminentemente fluvial, una lancha rápida con una ametralladora puede terminar con todo y matar a todos en el barco de la parroquia en dos simples minutos.

En Roma, en la basílica de San Juan de Letrán, me pidieron un testimonio que di ante unos mil sacerdotes que estaban de ejercicios espirituales. Dije esto:

“Hermanos, no tengáis miedo. La Iglesia está llamada al martirio, como nos ha dicho el obispo sirio que nos contó cómo han crucificado a mujeres y hombres o han decapitado a adolescentes por no renegar de la fe en Cristo.

Es el mismo Cristo quien nos llama para dar el testimonio de nuestra vida. Nosotros, que somos pastores, tenemos que estar al frente. No tengáis miedo. Os lo digo yo, un cobarde, pero sé que el Espíritu Santo me da fuerza, fortaleza y valentía para enfrentarme a la muerte.

Mirar a la muerte a los ojos permite ver detrás de ellos al Resucitado. Pero para eso tuve que rezar mucho, pues considero que si alguien quiere realmente encontrar la paz a la hora de entregarse a la muerte por Cristo y por los hermanos, tiene que rezar. Hasta que Dios me oyó, oyó mi oración y me dio esa paz fundamental para decir: Señor, aquí estoy dispuesto a morir por Cristo, por el Evangelio.

Y para mí hoy, desde que Dios me ha dado esa convicción de la posibilidad de morir por el Evangelio y por los hermanos, siento que sería la mejor, la más alegre y plena salida de este mundo para mi vida humana, religiosa y episcopal”.


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