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 Miguel Navarro Palacios, un fraile más que centenario
Miguel Navarro, rodeado de numerosos niños


Miguel Navarro Palacios, un fraile más que centenario
09-07-2012 España
El día 5 de julio la comunidad de agustinos recoletos del colegio San Agustín de Valladolid celebró con gozo los ciento y un años del fraile agustino recoleto de más edad y que reside en esta casa desde el año 1984. Algunos que conocían al padre Miguel dudaban de que llegara a cumplir los 100 años.

Los últimos meses previos a su cetenario habían sido complicados para su salud y se temía que no pudiera entrar en el reducido grupo de los centenarios. Tales temores se desvanecieron. Los cumplió felizmente y, nada más cumplirlos, revitalizarse y rejuvenecer fue todo uno. Desde entonces se encuentra más alegre, jovial y dicharachero que nunca.

Las fotos que acompañan esta crónica nos muestran al padre Miguel en compañía de un grupo de niños, que se encuentran realizando un campamento urbano en el colegio San Agustín de Valladolid, donde reside; celebrando la eucaristía en compañía de algunos miembros de la comunidad, y dando gracias a Dios por las innumerables bendiciones que le ha concedido; y junto a las Hermanas Agustinas Recoletas, que residen en la comunidad y que con tanto mimo le cuidan y atienden.

Como los grandes y buenos toreros, en medio de la eucaristía tuvo su lance: una preciosa homilía en la que daba gracias a Dios, a su familia y a los Agustinos Recoletos por todas las atenciones  que de ellos ha recibido.

El padre Miguel Navarro Palacios nació el 5 de julio de 1911 en Marcilla, Navarra (España). Realizó su noviciado en Monteagudo el año 1926 y se ordenó de sacerdote en Buckfast Abbey, Devon (Inglaterra), en aquellos años difíciles y previos a la guerra civil española de 1936-1939.

Fue destinado a Filipinas, donde realizó sus primeros trabajos como sacerdote y misionero. Isabela, Cabancalan, Bayawan, Siaton, Manila, Cebú, San Carlos y nuevamente Cebú fueron los lugares donde desempeñó su carisma misionero. Allí hubo de sufrir la segunda guerra mundial, con sus calamidades y angustias, especialmente con la invasión japonesa de las islas. De esta época es su famoso accidente: el avión donde viajaba se estrelló.

Miguel Navarro fue uno de los dos supervivientes al caer en un campo de arroz con sillón incluido. Una circunstancia explica el hecho: una señorita le pidió cambiar el puesto y él, galantemente, se lo cedió, por lo que probablemente salvó así su vida. El fraile más que centenario añade que lo peor llegó después, pues el motorista que le acercó al hospital, conducía tan mal e iba tan rápido que por poco lo mata.

En 1950 vuelve a España y es destinado a Lodosa (Navarra, España) por espacio de un año; regresa otra vez a Cebú, Filipinas, donde permanece ocho años. Reside un año en Zaragoza y regresa nuevamente a Cebú, Cavite y Manila. En 1974 regresa definitivamente a España y es destinado a Lodosa, donde permanece por diez años hasta que en 1984 se traslada al colegio San Agustín de Valladolid.

En esta casa se encuentra la residencia San Ezequiel Moreno, lugar para religiosos enfermos, mayores o impedidos; sin embargo Miguel Navarro vive con la comunidad religiosa y asiste con normalidad a los actos comunitarios, sobre todo a los momentos de oración en la capilla y a la comida comunitaria.

Es proverbial su famosa lista de rezos. En ella incluye a todas las personas por las que ha de pedir y orar, sean vivos o difuntos y en la que el mismo día de su cumpleaños incluyó al simpático ejército de mozalbetes que con todo cariño le felicitaron.

Al punto de la mañana, nada más levantarse, desayunar y darse “su paseo” comienza el primer turno de rosarios y devociones. A las once en punto -Miguel Navarro no perdona los retrasos-, Antonio Gutiérrez, fraile de la comunidad vallisoletana agustino-recoleta, le sube la comunión, y Miguel Navarro sigue con las oraciones y rezos, que es en lo que emplea los días hasta que el Señor lo llame -como dice él-, a la casa del Padre.

Mientras tanto, Miguel Navarro sigue vivaracho, con su figura menuda y su sonrisa, habiendo logrado “domeñar” el vivo genio que tenía; y con una dulzura de que hace gala en los -suponemos- últimos años de su vida, porque, al paso que va y viendo cómo se conserva, la visita a la casa del Padre va a esperar por tiempo.




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