La Dirección de esta página www.agustinosrecoletos.org ha entrevistado a Amparo Téllez Salazar, una de las hermanas misioneras agustinas recoletas de la comunidad residente en Morón, con motivo del vigésimo primer aniversario de su llegada a Cuba. He aquí sus comentarios.
El 21 de julio de 1991 llegaron las primeras misioneras agustinas recoletas a Cuba, a Morón, perteneciente entonces a la diócesis de Camagüey. ¿Cómo se gestó vuestra entrada en Cuba y la aceptación de una misión tan desafiante?
Desde que la Santa Sede, por medio de monseñor Fiorenzo Angelini, manifestó a nuestra Congregación las graves necesidades de la Iglesia en Cuba y sobre todo de la urgencia de presencia de vida religiosa en la isla, pasaron dos años antes de que la superiora general en aquel tiempo, Rosa López, llegara al acuerdo con monseñor Adolfo Rodríguez, obispo de Camagüey, de asentarnos en Morón, población entonces de la diócesis camagüeyana. En aquellos dos años, fueron muchos los espacios de oración-reflexión, muchas las consultas dentro de la Congregación, las reuniones a diverso nivel, las entrevistas y visitas realizadas con el fin de hacer un buen discernimiento antes de embarcarnos en esta obra. Por fin, después de una visita de Rosa López a Cuba, el 21 de julio de 1991 se establece la primera comunidad de misioneras agustinas recoletas en Morón.
El Gobierno general pidió voluntarias para crear la primera comunidad en Cuba. ¿Hubo suficiente información sobre la situación religiosa en la Cuba de 1991 por parte de la superiora general?
Rosa López nunca ocultó las dificultades de todo tipo que encontraríamos en la isla. Por ejemplo, en una circular que envía a toda la Congregación escribe: “La Iglesia de Cuba tiene mucha necesidad de religiosas. Necesita de personas que testimonien su fe sin miedos, viviendo con libertad de espíritu y sirviendo a los hermanos en sus más urgentes requerimientos. Hay necesidad de dar a conocer los valores cristianos, más con actitudes que con palabras, sin prisa pero con seguridad”. Y más adelante añade: “La Iglesia cubana, creo que se encuentra en una situación parecida a la de los primeros años del cristianismo. Aunque haya cambiado el modo de la persecución, ésta es muy similar en el fondo: Roma exigía la renuncia a ser cristiano; aquí el partido retira los derechos del ciudadano al que es ‘religioso’; antes eran llevados a la muerte física, hoy se corta la libertad de conciencia y se somete a trabajos forzados para meter miedo en los creyentes”.
¿Qué hermanas fueron las fundadoras?
Las primeras que llegaron fueron Geralda Cancian, Esther Julia Manzano y Lucelia Ramírez -poco tiempo después, María Luisa Moreno- que eran enfermeras y auxiliares de enfermería, como había solicitado la Iglesia para las religiosas que vinieran a trabajar en Cuba, porque así lo había sugerido el Gobierno cubano, que prometió darles trabajo en los centros hospitalarios o de asistencia social. Pero los planes de Dios eran otros y siempre le hemos dado gracias porque no permitió que nos vinculáramos a un trabajo remunerado por el gobierno de la isla.
Mientras decidían en qué centro de salud trabajarían, iniciaron su sencillo pero constante caminar al lado de los sacerdotes cubanos y extranjeros, visitando los pueblos a ellos encomendados y entrando en cada lugar en contacto con las personas a las que visitaban en sus casas, y al mismo tiempo les invitaban a participar de la eucaristía o de las celebraciones que se tenían por estos lugares. Como había pocos creyentes, se iban recogiendo de uno y otro pueblo dos o tres personas para llevarlos al pueblo donde se iba a tener la misa o las celebraciones; y esto, en los coches viejos de la parroquia, en camiones que se adaptaban para transportar a las personas o en tractores. Después de la actividad se deshacía el camino andado.
¿Qué religiosas estáis ahora presentes en Morón y cuáles son vuestras principales actividades con el pueblo cubano?
La hermana Geralda Cancian, una de las fundadoras, es ahora la superiora de la comunidad. Acompaña a tres pequeñas comunidades en los pueblos de Morón, Patria y los Naranjos; es miembro de los equipos de liturgia y del consejo parroquial. Lleva también la comunión a enfermos y entrega medicinas en la casa; se encarga de preparar a los adultos para los sacramentos de iniciación cristiana –bautismo, confirmación y eucaristía–.
La hermana Esther Julia Manzano Mendoza –que es otra de las fundadoras– se encarga de visitar y atender a enfermos y ancianos; es responsable del reparto mensual de la ayuda diocesana a varias familias pobres y de la formación cristiana de adultos y catequesis en Loma Ciega. Además es miembro del equipo de PAS (pastoral de la salud) y hace entrega de medicinas en nuestra misma casa.
Finalmente, una servidora, Amparo Téllez Salazar, que llevo dos años en Cuba, estoy encargada de la Catequesis a nivel diocesano y de la animación bíblica de la Palabra; atiendo cada quince días a la comunidad de Ranchuelo y acompaño a tres comunidades, en los pueblos de Morón, Patria y los Naranjos; trabajo con el grupo de jóvenes y preparación de adolescentes y jóvenes para el sacramento de la confirmación. Soy también la encargada del grupo de FRAMAR (Fraternidad MAR –misioneras agustinas recoletas–); llevo la comunión a enfermos y entrego medicinas en la misma casa de la comunidad.
Sin duda, una comunidad en Cuba y una pastoral de esta naturaleza habrán atraído la mirada de muchas hermanas de la Congregación, comenzando por las superioras.
Sin duda. Las superioras siempre han mirado con mucho interés y cariño cuanto ha ido aconteciendo en Cuba y cuanto nos ha ocurrido a nosotras y nos han prestado todo su apoyo con frecuentes visitas. Pero además, ha habido otras religiosas en Cuba durante estos veintiún años que han desarrollado una magnífica labor: Ofir Muños, Lucila Pineda, Adoración Salcedo, María Luisa Moreno, y las dos últimas hermanas que llegamos en el año 2010 fuimos Estrella Beltrán y quien le responde, Amparo Téllez.
Las primeras experiencias en un lugar con frecuencia resultan ser las que impresionan más. ¿Qué recuerdos especiales guardan en la comunidad de los primeros tiempos?
Cuando llegaron y durante varios años, nuestra actual diócesis de Ciego de Ávila no existía; Morón y los pueblos que atendemos ahora pertenecían a la diócesis de Camagüey que estaba a cargo de monseñor Adolfo Rodríguez, quien, de visita en Madrid, pidió a la hermana Rosa López, entonces nuestra superiora general, la fundación en Morón. Según cuentan, monseñor Adolfo fue un verdadero padre con quien mantuvieron una excelente relación, siempre preocupado por el bienestar espiritual y material de las hermanas; no escatimaba su tiempo para hablarles de la Iglesia en Cuba y las vicisitudes por las que había pasado: perseguida, atemorizada, silenciada, con una minoría de cristianos valientes que en casi todos los pueblos desafiaron las burlas, insultos y hasta agresiones físicas. Era un encanto escucharlo porque amaba intensamente a su Iglesia. “Siempre recibíamos de él elogios por nuestra manera de ser sencilla, alegres, humildes, caritativas y cercanas, sin complicaciones ni exigencias; simplemente irradiábamos y transmitíamos lo que son nuestras virtudes”.
Otro grato recuerdo de este obispo: El 4 de agosto de 1991, a los pocos días de haber pisado Cuba, se presentó monseñor Adolfo en Morón para celebrar oficialmente la llegada de las hermanas a la parroquia y concelebró la misa con los sacerdotes de la parroquia y la colaboración de dos diáconos permanentes.
Hay otro detalle de este obispo ya fallecido, conmovedor: El 28 de agosto celebraron las hermanas la fiesta de nuestro padre san Agustín con eucaristía y dieron a conocer a los feligreses quién era ese santo Agustín, al cual celebraban con gran solemnidad y con alegría. Dicen que pudieron invitar a los sacerdotes y a Josefa Menéndez, la cocinera de los «padres», a almorzar con ellas porque monseñor Adolfo les había obsequiado garbanzos, espaguetis y un pollo. “¡Qué felicidad!”, exclama una de las testigos.
Las experiencias y recuerdos se multiplican. He aquí unas vivencias de los primeros días en un país comunista, que en otros regímenes políticos no se entienden, pero es bueno no silenciarlos porque son experiencias muy valiosas. Una de ellas es la venta de alimentos normada por una cartilla de racionamiento que normalmente se la llama la “libreta” en la que consta el número de personas que viven en el núcleo familiar y sus edades, pues depende de éstas el que se puedan adquirir o no ciertos alimentos. Esto, que sigue vigente hoy por hoy, lo refiero para que se vea la generosidad de los sacerdotes de la parroquia que compartieron su ración con las tres hermanas que llegaron al principio hasta que entraron en el censo y les dieron la autorización de comprar su ración. Fácil darse cuenta de cómo vivieron poco más de un mes, comiendo cinco personas con la ración de dos.
En nuestra casa no tenían ni qué ni cómo cocinar nada. Y lo más hermoso es que no pasaron hambre por la generosidad de los sacerdotes y con la buena voluntad de Josefa Menéndez, la cocinera de los «padres», que siempre estaba de buen carácter a pesar de que se le duplicaban los comensales.
[Continúa]