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Soy seminarista en la Orden de Agustinos Recoletos en Las Rozas (Madrid). Sí, decir esto se dice pronto, pero la pregunta es qué hace un cubano de veinte años en esta casa.
Me llamo Asiel Rodríguez Montes de Oca. Acabo de cumplir los 20 años y soy natural de la ciudad de Camagüey, Cuba. En estos momentos estoy cursando mi último año de filosofía en Madrid, dentro de la Orden de Agustinos Recoletos. Por medio de estas líneas quiero depositar el corazón junto a todas aquellas personas que buscan un sentido a su vida y andan incómodas por no encontrarlo. Intentaré hacerlo por medio del testimonio de un joven que un día escuchó la voz del Señor a quien decidió seguir y entregarse: ¡ése soy yo!
La época en que transcurrió mi niñez era la década de los noventa, etapa todavía muy difícil en la que, si te declarabas católico en Cuba, estabas en un verdadero problema. Crecí en el seno de una familia católica por tradición y alejada de los templos por miedo al régimen político. Mi padre había emigrado a los Estados Unidos con el resto de la familia paterna. Mi madre, que pertenecía al partido comunista, se cohibió siempre de llevarme a la iglesia o enseñarme las verdades de la fe. Mi primera catequista fue mi abuela materna, que con suma sencillez me daba explicaciones sobre aquellos enormes edificios y las devociones populares a la Virgen de la Caridad del Cobre y el Sagrado Corazón.
Sentía que había algo especial o, mejor dicho, alguien que me llamaba a ir a aquel lugar que me gustaba tanto. En la escuela tuve algunos problemas, cuando la maestra nos mandaba dibujar: todos los niños pintaban una casita o un paisaje y yo casi siempre lo que hacía era pintar una ciudad con una casa, sí, pero con una cruz en el techo. Mandaron a buscar a mi madre varias veces aconsejándole siempre que me llevara a un psicólogo.
Nunca me llevaron a una iglesia hasta que a los ocho años mi madre falleció, quedándome con mi hermano mayor a cargo de mis abuelos maternos.
Movido por un amigo del barrio, comencé a frecuentar la catequesis y asistir a misa dominical. Así fui creciendo en la comunidad cristiana, recibí el sacramento del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía, y me fui insertando en los grupos según mi edad, aprendiendo y aprovechando al máximo todo lo que mis catequistas, las religiosas y los sacerdotes me enseñaban. Algunos en casa no aprobaban que fuera a misa diaria. Que frecuentara la iglesia mucho hizo que me castigaran «hasta que se me pasase lo que llamaban fanatismo».
En el 2004 asistí durante el verano a unas convivencias de adolescentes. Suelo decir que la hora santa del jueves cambió mi vida. Tras haber terminado aquellas semanas, me dispuse a hablar con mi párroco sobre mi posible vocación. ¡Ah, fue grande mi decepción al no encontrar religiosos en la diócesis! Puedo asegurar que desde el primer momento quise pertenecer a una orden religiosa, pues había leído –clandestinamente– los folletos de los grandes santos, religiosos todos.
En la escuela se dieron cuenta enseguida de que iba a misa, lo que fue motivo de burla para todos hasta que salí de la primaria. Esto supuso un rechazo por parte de mis compañeros y amigos del barrio, incluso algunos muy entrañables para mí. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy confundido. Pero entonces rezaba a Dios con más viveza y confianza.
La escuela secundaria se tornaba cada vez más difícil en cuanto a mis creencias. Y las reacciones no se hicieron esperar por parte de mis compañeros de clase. Siempre he creído que mientras más me perseguían, más se fortalecía mi fe. Así que, de manera clandestina, asistíamos -aunque un reducido grupo- a una preparación temporal que promocionaba el clero secular para los “aspirantes” a cura. Lo hacíamos esporádicamente a lo largo del año para recibir la preparación básica sobre el catecismo, la liturgia, etc. Así estuvimos viviendo como seminaristas sin que nadie se diera cuenta.
Una vez que terminé la escuela secundaria, decidí estudiar el preuniversitario en un Instituto. Todo iba fenomenal hasta que me llegó la hora de firmar mi renuncia a mis creencias y prácticas religiosas con el fin de adquirir el carné como militante de la juventud. Hacia la misma fecha llegó la aprobación por parte del gobierno que nos autorizaba a mi hermano mayor y a mí a reunirnos con mi padre y la familia de Estados Unidos. Esto se debió a que mi padre había hecho la solicitud hacía ya siete años, que transcurrieron en un papeleo constante.
El Instituto se aprovechó de esta oportunidad para presionar y concederme así el carné. A la segunda llamada del director acudí y le negué mi firma alegando que no podía ir en contra de lo que realmente creía y practicaba. El director, enfurecido, me dio un plazo para pensarlo; pero a la siguiente cita respondí de igual manera. La consecuencia fue una expulsión pública del preuniversitario. Era yo el único de mi clase que no firmaba el papel.
¿Qué hacer entonces durante los meses que me quedaban en Cuba? Recuerdo que tenía 14 años cuando le mandé a pedir inmediatamente al arzobispo, monseñor Juan García, una lista de los suburbios que no tenían catequistas, donde nadie quería ir. Enseguida tuve una respuesta positiva, eché mi corazón a rodar y mis pies dieron sus pasos. Llegué a atender cinco casas de oración, donde la gente se reunía para celebrar la fe. Atendía la infancia misionera, la catequesis de niños, adolescentes y adultos, preparación para bodas, etc. Con una parte del dinero que recibía de mi padre pude, cuando llegó su hora, alquilar un camión y llevar a cada grupo hasta la ciudad. Era la única manera de que por primera vez en su corta vida visitaran una iglesia. El brillo en los ojos de aquellas criaturas no se borra aún de mi mente. Esto lo hacía con mucho disimulo y siempre con la justificación –si preguntaba alguien que no fueran sus padres– que los llevaba al zoológico de paseo.
La gente que lo sabía, me tachaba de loco y no dejaban de sugerirme que dejara de arriesgarme. “Si Dios lo quiere, Dios lo hará”. Esa fue siempre mi respuesta, mientras trataba de disimular cómo temblaba de pies a cabeza. Envuelto en todo esto pasó casi un año hasta que llegó la hora de marchar y reunirme con mi familia paterna en el verano del 2007.
Si bien se vive de manera muy distinta la religión en USA, no es menos cierto que puede practicarse la fe de forma muy abierta. Afluye ahora a mi mente la primera eucaristía a la que asistí. Lo que para todos era normal a mí me llenaba de alegría; era la primera vez que podía entrar a la iglesia por la puerta principal (y no por la puerta trasera como en Cuba). Antes de una semana de estar en mi nuevo hogar encontré, por providencia, la parroquia agustino-recoleta de San Agustín en Union City, New Jersey. Allí conocí a los frailes, que desde el primer momento me inspiraron confianza por su sencillez.
Mis grandes deseos de reincorporarme a la vida parroquial hicieron muy pronto que hablase con mi párroco, el agustino recoleto Thomas Devine, quien me dio la bienvenida junto con los demás miembros de la comunidad. Como era de esperarse busqué entre ellos lo que por mucho tiempo había estado buscando; ¡y ciertamente lo encontré! Con la ayuda de mi guía espiritual, del promotor vocacional y el ejemplo diario de los frailes iba confirmando que allí me quería el Señor. Traté de involucrarme y darme por entero a aquella que considero mi parroquia; San Agustín.
Tras una larga y estupenda convivencia de tres años con los agustinos recoletos, se decidió que viniera a continuar mi formación inicial aquí, en la casa de formación San Agustín de Las Rozas (Madrid). ¿Difícil? No, porque me sentía plenamente convencido y orgulloso de optar por Cristo. Aunque, claro está, lo más duro fue dejar a toda mi familia, mis amigos, mis costumbres, mi parroquia, mis sacerdotes. Todo esto ha llegado a compensarse en este nuevo género de vida, en la que mis hermanos los frailes son mi gran tesoro; aquí, junto a los agustinos recoletos, entre los que he ido madurando no sólo en los valores espirituales, sino también en los de orden psicológico, cultural y social.
Mientras escribo estas líneas he querido depositar el corazón junto a los de aquellos que siguen buscando su vocación, su modo de estar en el mundo. Muchos jóvenes de mi edad dedican mucho tiempo a “pasársela bien” sin dejar siquiera que Dios cuestione sus vidas. Muchos se declaran agnósticos, otros se confiesan ateos y algunos ni siquiera llegan a planteárselo. Muchos raramente pisan una iglesia y muchos menos lo han hecho si se descuentan del cómputo bodas, bautizos y comuniones.
La religión no está de moda entre los jóvenes. Es un error pensar que la vida con Dios nos limita. Nada nos puede hacer más felices que vivir todos los días en esta dimensión en la que Dios ocupa un sitio importante.
La vocación es como un enamoramiento, de esos que no te puedes quitar de la cabeza. Se requiere valentía y autenticidad. Se trata de no tener miedo en una sociedad que pretende excluir a Dios, sino de emprender el camino sazonando cada momento con oración. Como afirmó el Papa a los seminaristas de Madrid el pasado mes de agosto: “Se trata de no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar”.
Yo, desde mi experiencia, invito a todos a lanzarse sin miedo porque vale la pena. Que la fragilidad no nos haga sentirnos abatidos pues “el poder de Dios se manifiesta en la pobreza del hombre”.
Sólo deseo que mi sencilla historia, contada a grandes rasgos, pero vivida ardientemente con fe y esperanza, contribuya a que algunos lectores apuesten por Cristo, no defrauden a Cristo que llama, porque ¡vale la pena apostar por Él! Cada persona es confrontada con esta realidad y sólo hay dos caminos: o la rechazas o la recibes, no hay más opciones.
Me siento totalmente realizado y creo que esto vale la pena. Si otros jóvenes de mi edad lo descubriesen no tendrían ninguna duda. Una cosa digo y la diré siempre: “Desde que conocí a Cristo, desde que sé que Dios existe, no quiero ni puedo hacer otra cosa que vivir para Él”.