Viajeros al tren
Aún perduran en mí los recuerdos de aquellas madrugadas en que rompía el sueño de mis padres cuando me despertaba llorando, asustado, desorientado, y solo los brazos de mamá y papá ahuyentaban mis miedos. Era un niño; como si ser niño fuera sencillo y pasar miedo y asustarse fuese normal. Pues no; yo me asustaba porque soñaba que me quedaba solo en el mundo. Era mi refugio y consuelo el cariño de mis padres, en cada caída, con cada herida, cuando mis hermanos mayores me hacían rabiar porque les resultaba gracioso ver mis pucheros hasta que brotaban mis lágrimas de desconsuelo.
Mi llanto alertaba a mamá que acudía en mi auxilio dándome la protección que mis sentimientos necesitaban. La presión del abrazo contra su pecho, sus repetidos besos en mi frente, el contacto de sus labios eran el antídoto reparador de mi pena, una declaración de amor que llegaba a lo más profundo de mi corazón.
Es también cierto que la alegría de los veranos en la playa, saltando olas y haciendo castillos de arena y la música del mar chocando con las rocas del malecón siguen vivas en mí mente. Cada vez que cojo la mano de mi madre revivo las caminatas vespertinas por el paseo de las palmeras de Alicante, y entran en mis sentidos el olor a horchata en las terrazas y a pescado fresco de la lonja, la fragancia de azahar que el viento me acercaba y las imágenes de tenderetes llenos de postales estivales observadas por familias con niños rubios, de piel clara y quemada por el sol, que hablaban otros idioma.
El culmen de las fiestas navideñas, el sonido de panderetas y villancicos, el montaje del belén, al que acudíamos con puntualidad cada noche, justo antes de que mamá me acompañara a la cama, para acercar a los magos de Oriente en su viaje hacia el portal. La algarabía al despertar el 6 de enero. El indescriptible conglomerado de emociones que llenaban los rostros de la familia de las sonrisas más hermosas que mis ojos recuerdan; aquel tren eléctrico con el que recorría las estaciones que solo existían en mi mente, donde el conductor era yo y los viajeros mis padres y hermanos, camino al trabajo y al mercado, al colegio o a casa de mis tíos donde un pequeño aprendiz de maquinista, daba sus primeros pasos en la profesión que en el futuro sustentaría mis sueños e ilusiones, y me impregnaba de la necesidad biológica y sentimental de sentirme miembro del grupo y amparado por la protección de mis mayores.
Pues sí, he ido creciendo y mi tren pasaba las estaciones que la vía ponía en mi vida. Tenía parada en la adolescencia, donde tomaban más importancia los consejos de papá que los abrazos de mamá. La siguiente estación eran las chicas, donde subían a mi tren los primeros amores y donde el ejemplo era mi hermano mayor, a quien acudía a reclamar docencia en asignaturas nuevas, difíciles y que entraban en mi vida sin entender ni comprender que mi tren estaba pasando la frontera que separa al niño del hombre.
Recuerdo perfectamente la estación en que Jimena esperaba, sin saberlo, el tren donde subiría, y que el destino caprichoso hizo que lo hiciera en la locomotora y desde entonces conducimos el tren los dos juntos. Cuando uno se cansa, el otro toma el control, se preocupa de llegar a la siguiente estación sabiendo que será relevado en el esfuerzo y entonces será él quien pueda relajarse con la tranquilidad de que el tren sigue el viaje con la velocidad y constancia debida.
Pasamos y pasamos estaciones y el viaje marcha bien, pero estábamos los dos solos en él y llega un momento en que no sabes si pasa el tren por las estaciones o las estaciones son las que pasan y quedan atrás. Entonces decidimos cambiar de línea pensando que en otra encontraríamos pasajeros que darían más sentido a nuestro viaje, y así sería, como algo cotidiano, salvo en una pequeña, o tal vez, gran diferencia.
Una vez en la bifurcación son los conductores los que tienen que mover las agujas y elegir cuál de las dos líneas será más conveniente. Y en ese instante, mientras intentas tomar la mejor decisión, tal vez la más importante del viaje, es donde dejas de pensar en la vía y te das cuenta de que la Providencia te lleva por líneas donde los pasajeros aún no han llegado a la estación y ni siquiera sabes si llegarán o si, cuando lleguen, de verdad, querían hacer el viaje. Y en la otra, llevan tiempo esperando a que les recoja su tren porque estos sí quieren y necesitan hacer el viaje.
Entonces la sentencia no es tuya, sino de aquellas noches en que esperaba que mamá me tomara en sus brazos para calmar mis miedos y donde la presión de sus abrazos contra el pecho me traía mensajes de amor y vuelves a oír -son niños-, y lloran porque sueñan que están solos en el mundo, aunque esta vez no es un sueño.
Tuvimos la estrella de que subieran al tren los mejores pasajeros que jamás habríamos soñado. Nos dimos cuenta de que la suerte fue nuestra, que los recompensados fuimos los maquinistas, que el premio lo tuvimos nosotros. Dos niñas que nacieron en China y esperaban en la estación. Sabíamos que necesitaban nuestras caricias y nuestros besos y que nosotros necesitábamos cogerlas de la mano y enseñarles cómo huele la horchata de los quioscos y el pescado fresco de la lonja; y que esas familias de pelo rubio y piel clara, coloreada por el sol, que miran postales estivales, son iguales que nosotros aunque nuestra piel y pelo sean más oscuros y nuestros ojos rasgados; que el olor de azahar lo trae el viento desde los naranjos y que ese ruido que oyen de noche son las olas del mar jugando con las rocas.
Ahora somos Jimena y yo quienes, desde la locomotora, vemos interrumpido nuestro sueño por sus llantos y los que las abrazamos contra nuestros pechos y besamos sus frentes y los que las enseñamos a tocar la pandereta y cantar villancicos, los que las ayudamos a montar el belén y acercar los magos al portal antes de acostarse cada noche y a las que esperamos regalar las sonrisas más hermosas que recuerden siempre.
Jimena y yo sabemos que algún día tendrán que bajar de nuestro tren y conducir el suyo y que llegarán a la estación donde suba su compañero; y se encontrarán la bifurcación y recordarán los llantos y las risas, los olores y sonidos, y reviviremos en sus sentimientos; y entonces nos gustaría que lo vivido en su viaje, con nosotros, las sirva para acertar en la dirección a seguir y que sus pasajeros las hagan tan felices como ellas a nosotros.
Y aprenderán, como lo hicimos nosotros, que no son los maquinistas los que hacen felices a los pasajeros sino los pasajeros los que dan sentido al viaje y llenan de gozo a los maquinistas; que no son ellas las que se instruyen por ti, sino que tú lo haces de ellas. Que es el tren el que tiene sentido gracias a los pasajeros, que sin ellos jamás hubiese existido; que los maquinistas habríamos llegado a la estación final y no sabríamos para qué hemos hecho el viaje.
Y en el momento de decidir por qué estaciones quieren pasar, estoy seguro que recordarán que las hay donde los pasajeros ya están esperando su tren, el que les trae sus abrazos y caricias, sus llantos y sus risas, sus olores y sonidos y que recibirán tanto amor y cariño que les dará más sentido, alegría y felicidad a su viaje.
Y sabrán que este tren no cobra billete, que el esfuerzo que hacemos en cada rampa, te es devuelto con cada sonrisa, que el combustible es ver cómo crecen, que con cada guiño te llenan el depósito.
Y, si ustedes nos permiten, no lo tomen como un consejo. Si hay próximo viaje, pasaremos por la misma línea, pero empezaremos antes para recoger más viajeros y viajeras.