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Una carta inédita de san Ezequiel descubre a un fraile modelo
Baldomero Abadía


Una carta inédita de san Ezequiel descubre a un fraile modelo
21-03-2009 Otros Países
Gracias a la documentación de la familia, viene a la luz la figura de un agustino recoleto poco conocido, Baldomero Abadía (1871-1897). Se formó bajo san Ezequiel Moreno, fue amigo del beato Vicente Pinilla y murió asesinado en Filipinas.
Hace casi tres años, el historiador agustino recoleto Ángel Martínez Cuesta editaba cuatro gruesos volúmenes de cerca de 1.000 páginas cada uno, en los que se recopilaba el epistolario completo de san Ezequiel Moreno: un total de 1.600 cartas escritas por él y casi otras 1.000 recibidas. Era toda la cosecha que Martínez Cuesta había conseguido juntar en más de 30 años rastreando archivos por tres continentes. Y ciertamente no es poco, aunque el historiador es bien consciente de que faltan muchas cartas y está resignado a editar con el tiempo un quinto volumen con las piezas que vayan apareciendo.

De manera que no resulta extraño que aparezcan cartas. Lo extraño será el modo y quizá la procedencia. Últimamente ha aparecido una, gracias a todo un cúmulo de casualidades.

La casualidad de un funeral

La historia empieza en la capilla pública de la curia de la provincia de San Nicolás de Tolentino, en el madrileño paseo de La Habana. Se está oficiando un funeral, cosa nada frecuente aquí, y lo preside el provincial, Rafael Mediavilla, que en un cierto momento menciona que la capilla pertenece a los agustinos recoletos que evangelizaron Filipinas. Al concluir la eucaristía, entra a la sacristía un señor que se presenta como pariente de un antiguo misionero recoleto en Filipinas. El misionero en cuestión se llamaba Baldomero Abadía y era hermano de su bisabuelo Leopoldo.

Con cierta ironía, el comunicante hace notar que su tatarabuelo tuvo una amplia descendencia y, para no complicarse la vida buscando nombres, se limitó a nombrar a sus hijos según los generales de Isabel II, la reina de entonces: al fraile le correspondió el nombre del general Espartero, igual que su bisabuelo había recibido el del general O’Donnell. Y, refiriéndose ya a su tío abuelo, añade dos indicaciones de gran interés: en la familia siempre ha gozado de fama de santo y, lo que es más importante, han conservado como reliquias algunas cartas y papeles suyos. Ni que decir tiene que el religioso que recibe la noticia se compromete a recopilar información sobre aquel fraile del siglo XIX, a cambio de recibir copia de los documentos familiares que tienen los Abadía.

Pasan unos meses y en la curia provincial no se recibe nada, a pesar de haber enviado a la dirección de los Abadía algunas fotografías de su pariente, que se conservan en el Archivo Histórico de la Provincia, en Marcilla (Navarra). Cuando los frailes ya empiezan a desconfiar, llega por fin un e-mail: la familia está tardando un poco debido a que intenta escanear toda la documentación, de la que luego enviará copia. Y, efectivamente, al cabo de otro período de espera, llega a La Habana un DVD; es un disco muy bien presentado, en el que se recoge abundante material relacionado con fray Baldomero Abadía.

Carta desconocida de san Ezequiel

Sólo de su firma y letra hay 124 cartas dirigidas a su familia, casi todas escritas en Filipinas, entre los años 1887 y 1897. Junto con ellas, en carpeta aparte, se recogen otras de su hermano Leopoldo y varios personajes más. Al investigador el corazón le dio un vuelco al ver que una se le adjudicaba a Ezequiel Moreno. Inmediatamente abrió el documento… para comprobar que así era, en efecto.

Se trata de una carta breve, un billete de pocas líneas encabezado con el membrete: “Rectoría de Agustinos Recoletos de las Misiones de Filipinas en Monteagudo (Provincia de Navarra). Particular”. Lleva fecha de 22 de septiembre de 1886, y se limita a dar al destinatario un aviso poco preciso: “Mi estimado pretendiente Baldomero: en los últimos días de este mes preséntese en este Colegio para vestir nuestro santo hábito. Puede venir antes, si gusta, según aviso que supongo le habrá dado ya el señor Capitán que le acompañó a ésta cuando fue examinado”. Y se despide y firma: ”Suyo afectísimo seguro servidor y capellán, fray Ezequiel Moreno de la Virgen del Rosario”.

Baldomero Abadía es, pues, uno de los religiosos que tuvieron la fortuna de formarse bajo la mirada amorosa y exigente de san Ezequiel Moreno. En calidad de prior de Monteagudo, el Santo había regresado de Filipinas un año antes y estará al frente de esta importantísima comunidad durante un trienio, hasta 1888. El 25 de noviembre de ese año, san Ezequiel embarcará para Colombia al frente de una misión restauradora formada por siete religiosos, todos de la comunidad de Monteagudo.

El amigo Pinilla

En esta comunidad de Monteagudo, Baldomero hace el noviciado durante el tiempo reglamentario de un año, al cabo del cual, el 4 de octubre de 1887, profesa los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia. Durante algo más de un mes, tiene como compañero al beato Vicente Pinilla, que morirá mártir en Motril (Granada) en 1936, a comienzos de la Guerra Civil española. Ambos eran medio paisanos, pues Pinilla procedía de Calatayud (Zaragoza) y Abadía era de Jarque del Moncayo, en la misma comarca. Por esta razón, posiblemente, debieron de entablar relaciones de amistad, que luego se irían profundizando durante los cinco años de su formación filosófica y teológica en los conventos de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y Marcilla (Navarra). Juntos harían también el viaje a Manila. Con otros 14 compañeros más embarcan un 19 de agosto en Barcelona en el vapor Santo Domingo, para arribar a Manila un mes más tarde, el día 18 de septiembre. Es el año 1892 y ellos forman la misión 92 de las enviadas por los recoletos a Filipinas desde el lejano 1606.

No sólo fueron amigos. Hubo también conocimiento y trato entre las familias. Lo deja entrever Pinilla cuando escribe a los Abadía en nombre de Baldomero. Porque ésta es otra sorpresa que nos deparan estos documentos. No sólo hay una carta de san Ezequiel; también hay otra del beato Vicente Pinilla. Está fechada en el convento central de Manila, el día 8 de septiembre de 1893. El Beato escribe a Marcos, el padre de Baldomero, de parte de su hijo. Éste acaba de ser trasladado de Manila con destino al pueblo de Alaminos, y no ha tenido tiempo para responder la carta familiar que ha recibido; intentará hacerlo desde su nuevo destino, sin perder el vapor correo que está a punto de salir. Pinilla adjunta a los Abadía un retrato del hijo y los tranquiliza comentándoles que ha ido muy contento en compañía de “un padre muy bueno”, de nombre Andrés Romero. Tras dar recuerdos a toda la familia, se despide con el mismo tratamiento de “amigo” que había usado al inicio. Firma “Pinilla”, simplemente.

Sádaba, el historiador

Aún hay una tercera carta, dirigida también a la familia y escrita por otro agustino recoleto, de nombre Francisco Sádaba; y, lo mismo que la anterior, escrita a ruegos del propio Baldomero, que debía de tener dificultades para comunicarse con la familia. El 20 de enero de 1896, cuando se escribe esta carta, Sádaba está en Manila y es Secretario de su Provincia religiosa. Se dirige al señor Marcos notificándole que su hijo ha obtenido permiso para enviarle una limosna. Para cobrarla, él sólo tiene que pasarse por Monteagudo, y allí le entregarán los 70 pesos con 38 céntimos que le ha enviado. Y Sádaba, que conocía a Baldomero desde España por haber sido su profesor, añade un comentario que dice mucho sobre el modo de ser de éste: “Es dinero que le ha dado a él otro religioso; porque el padre Baldomero no tiene absolutamente nada”.

La frase de Francisco Sádaba trasluce admiración. Y de hecho nos consta que se la tenía. Diez años más tarde, en 1906, Sádaba publica una obra que es de referencia inexcusable para quien desee saber algo de los agustinos recoletos en Filipinas: un Catálogo –así lo titula- de todos los misioneros de la Orden en aquel Archipiélago. Allí, entre muchos cientos, encuentra su sitio Baldomero Abadía que, en el momento de la carta que comentamos, acaba de ser hecho párroco de un pueblo de reciente creación llamado, curiosamente, O’Donnell, en recuerdo del mismo general español que había dado nombre a su hermano Leopoldo. Pues bien, en su Catálogo, Sádaba escribirá sobre su labor en este pueblo de la provincia de Tarlac: “Allí estuvo llenando cumplidamente las funciones de su sagrado ministerio, pues era un joven de angelicales costumbres y de espíritu verdaderamente apostólico”.

Sacrificio en O’Donnell

Eran, por lo demás, tiempos críticos, sumamente expuestos para todos los españoles de Filipinas, que en su inmensa mayoría eran frailes. A finales de agosto de 1896 había estallado la revolución tagala, que se extendió con gran rapidez por las provincias limítrofes con Manila. Fueron asesinados varios agustinos recoletos, y otros muchos tuvieron que refugiarse en Manila. Fray Baldomero se encontraba en una zona de gran peligro, a pesar de que él aparenta estar tranquilo debido a la cercanía de un destacamento español; de hecho, en la última carta que escribe a la familia -24 de octubre de 1897-, tranquiliza a los suyos asegurándoles que duerme en el cuartel de los soldados.

Pero en realidad no estaba tranquilo en absoluto. Bien claramente lo dice en los informes que envía a sus superiores religiosos. No se fía de sus feligreses, y teme que no lo defiendan si llegan al pueblo los patriotas filipinos. Él no baja la guardia, y está dispuesto a huir al menor movimiento sospechoso.

De nada le sirvió su prevención. El día 31 de octubre entra en O’Donnell una patrulla de insurgentes filipinos y, en palabras del mismo Sádaba en el Catálogo, “lo sacrificaron inhumanamente en odio a la Religión y a España”.

Baldomero Abadía no había cumplido aún 27 años, era agustino recoleto desde hacía 10 y llevaba cinco en Filipinas. Se había dedicado a predicar el evangelio y a hacer el bien a la gente que le había tocado pastorear. Estaba en un pueblo sumamente pobre, y era él mismo pobre de solemnidad. Sus ideales eran evangélicos, pero sufrió las consecuencias de un enfrentamiento sociopolítico que lo aplastó. Fue un digno imitador de aquel Santo que lo había recibido como novicio en Monteagudo. Un Santo que en este momento es obispo de Pasto, en Colombia, y sigue con angustia las noticias sangrientas que le llegan de Filipinas. Un Santo que lo recordaría, y que de seguro admiró y lloró su muerte.




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