-
Agustín y la sociedad en que vivió
Un imperio en decadencia
Agustín, filólogo
Un ambiente pagano
Los personajes que rodearon a San Agustín
Los momentos clave de la vida de Agustín
Premisa
Descubrimiento del monacato
Realizaciones monásticas
Expansión del monacato agustiniano
Escritos monásticos
Influjo de san Agustín en la vida religiosa: siglos VI-XII
Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado. [La Regla]
[Monacato de san Agustín]
Descubrimiento del monacato



Colegio San Agustín. Madrid (España).

En Casiciaco Agustín adoptó un plan de vida que no respondía a ningún patrón precedente y que bien cabe considerar como un primer “ensayo del vivir monástico” (3). Alterna el otium sanctum con el otium liberale, la renuncia filosófica del sabio con la ascesis cristiana. Ocupa su tiempo en la enseñanza, en la lectura de los clásicos y en el trabajo manual, pero reserva largas horas al estudio de la Escritura, al rezo de los salmos y a la contemplación religiosa. Las primeras actividades pertenecen al pasado, son simple fruto de la inercia y se detienen en las capas superficiales de su espíritu. Las segundas, sin embargo, obedecen a una voluntad actual y apuntan al futuro que poco a poco va tomando forma en su interior. El mismo se siente un servus Dei, un miembro del variopinto mundo socio-religioso del ascetismo, más o menos emparentado con el monaquismo. No apetece riquezas ni honores, permanece indiferente ante los placeres de la mesa y está resuelto a abrazar la continencia. En los meses siguientes enriqueció su idea del monacato con el estudio y la visita a los monasterios de Milán y Roma.

La falange monástica es ya para Agustín en estos años la corona del catolicismo y como tal la presenta en el libro De moribus Ecclesiæ Catholicæ, una apología antimaniquea que comenzó a escribir en Roma y concluyó en Tagaste. En los capítulos 31-33 describe con cierto detalle la organización y costumbres de los monjes. Su descripción está impregnada de ideas filosófico-teológicas de raigambre paulina y quizá refleje más sus propias aspiraciones que la situación real de los monasterios. No parece aventurado ver en ella la primera expresión de su ideal monástico. Agustín admira y defiende la soledad y el espíritu de renuncia y sacrificio de los anacoretas. Más tarde escribirá que Cristo tiene sus preferencias entre estos siervos de Dios que moran en los desiertos. Pero no se siente atraído por su género de vida. Su corazón palpita con más entusiasmo al tratar de la vida cenobítica. También en los cenobios se practican la penitencia y el ayuno, pero ni el uno ni la otra son sus valores supremos. Ambos están supeditados a la salud y ordenados a la caridad. A continuación destaca algunos de sus rasgos más característicos, los que, a su vez, nos manifiestan sus preferencias: vida común, concordia de los corazones, desprendimiento de los bienes de la tierra, moderación y libertad en el uso de las cosas, trabajo manual, estudio y, sobre todo, la caridad. Cuanto ofende la caridad es inmediatamente desterrado del monasterio: “Cristo y los apóstoles la recomiendan tanto que donde falta todo es vano y donde está presente todo es pleno” (De mor. Eccl. et man. i, 33, 70–73).





(3) A. Manrique, La Vida monástica de san Agustín, 46.