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San Agustín
Ilustración: San Agustín: Toma y Lee.
Palomares, México D.F.


Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado. [La Regla]


Bajos de tono
Así transcurrió más de un siglo de expansión y esplendor. No obstante, también los grupos y las sociedades tienen sus ciclos vitales, como la naturaleza y el hombre. En la historia, a una etapa de crecimiento y grandeza suele suceder otra de estancamiento y decadencia. Así ocurrió durante el siglo XIV en toda la Iglesia, y también en mi familia, entre los agustinos.

Les fue faltando el impulso, se acomodaron en los laureles conquistados, se conformaron a una sociedad rutinaria y relajada: fueron, poco a poco, perdiendo fuerza, ilusión y espíritu. Ya no se exi­gían tanto en materia de pobreza, consintieron la posesión comunitaria excesiva y perdieron de vista lo que tan bien habían aprendido de mí: que los bienes materiales son buenos en tanto en cuanto sirven para alcanzar a Dios.

De ello se resintió la comunidad. Yo les había inculcado que debían ser una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios, que debían mirar ante todo por lo común: ése era el indicador y la medida de la caridad. Ahora empiezan a ser normales los privilegios y las exenciones; y mis comunidades se van estratificando en clases. ¡Y pensar que el único privilegio que yo admito es lo exigido por la necesidad!

Los que después han estudiado este largo período entre 1350 y 1539 dicen que todo fue debido a la peste negra que, a mediados del siglo XIV, se llevó a uno de cada tres europeos. Las familias religiosas no fueron excepción. Quisieron luego cubrir las bajas de la peste y abrieron los conventos a todo el mundo, a gentes sin vocación, sin formación, a personas que únicamente buscaban asegurarse el sustento. Otra de las causas -según los estudiosos- fue la división de la Iglesia, el llamado «Cisma de Occidente» (1378-1417): había dos o más papas, la cristiandad estaba dividida en varias obediencias, y lo estaba también mi Orden, y cada nación, y cada comunidad. Hablan también los historiadores de guerras que no cesaban, del espíritu pagano del renacimiento...

Tantas causas debilitaron el espíritu de mis hijos e hicieron a mis comunidades complacientes con el mundo relajado. ¡Qué pena! Con lo hermoso que era su ideal primitivo.
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